Los ojos de oro y la espada de hierro

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Los ojos de oro y la espada de hierro

Los ojos de oro y la espada de hierro. Ilustraciones.

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## Ilustraciones

## La cordillera escarpada del dragón

Versión D de la corte celestial. Tomado de StillFREE@Consejo de alumnos de Izumikawa Cuanto más avanzaban, más espesa se volvía la niebla, como si quisiera tragarse el camino de Tau y Qiya. Alrededor no había humedad alguna, y aun así era como perderse en un pantano. Al pensar que aquella niebla solía contemplarse desde lejos como si fueran nubes, Tau se sumió en una sensación inexplicable. Los viajes a través de montañas y cordilleras siempre eran así. —¿Y si volvemos? Tau estaba harto de que Qiya, a sus espaldas, le dirigiera la palabra. Ya había perdido la cuenta de cuántas veces le hacía la misma pregunta. —Si tanto te desagrada, vuélvete tú solo. —Desagra… dar. Sí, lo cierto es que me desagrada un poco. Qiya lo dijo con un tono desprovisto de emoción. No había en él el cansancio de quien camina por senderos de montaña, ni temor ante la aventura que tenían por delante. Más que disgusto, sonaba como quien, al comprar, reprocha que le hayan devuelto mal el cambio. Si alguien debía quejarse del cansancio, ese era Tau, y no Qiya. Comparado con Tau, que cargaba la comida, el equipo y el resto del equipaje, Qiya iba prácticamente con las manos vacías. Aun así, aquel reparto no era injusto. En aquel equipo de dos, el papel de Tau consistía en emplear la fuerza y la resistencia que había forjado; el cuerpo esbelto de Qiya no servía para el trabajo físico, aunque las yemas finas de sus dedos pudieran tejer llamas y relámpagos. Pero aquel no era momento de que Qiya desplegara la magia de la que tanto se enorgullecía, y quejarse del agotamiento antes que Tau, quien soportaba en silencio la faena, resultaba injusto. Además, en cuanto a la palabra «temor», no había motivo alguno para dudar. Tau, que conocía a Qiya desde hacía mucho, sabía…

## El bosque eterno

Los pasos y las voces de los perseguidores se fueron alejando hasta desaparecer por completo al otro lado del bosque. Aun así, Tau seguía conteniéndose con cautela, conteniendo el aliento, concentrado, con todo el cuerpo en tensión. —Ya no hay peligro. Puedes moverte. El árbol antiguo y ya seco que tenía a su lado lo dijo en voz baja y, acto seguido, cambió de forma y volvió a ser humano. Al ver a Qiya deshacer la magia de ilusión, Tau respiró hondo, aflojó todo el cuerpo y se apoyó en el gran árbol de al lado. Hacía solo un instante, a ojos de los soldados que habían pasado por allí, Tau no era más que un arbusto vulgar y corriente. —Ha estado cerca de verdad. Disfrazarse de objeto inmóvil mediante una ilusión era la magia en la que Qiya más destacaba; podía mantener el cuerpo en la misma postura durante diez o veinte minutos. Para Tau, que en la vida cotidiana detestaba quedarse quieto, aquello era un ejercicio bastante arduo. Antes, durante una cacería, había pedido prestada la ilusión de Qiya para tender una emboscada a la presa, pero un estornudo lo había echado todo a perder de golpe. —Esa ilusión tuya… ¿no podría ser un poco más práctica? Algo que vuelva a la gente transparente. —Aunque se puede hacer que la luz atraviese tu cuerpo, eso significa que tú mismo no recibes luz y, peor aún, que no puedes ver lo que te rodea. ¿No sería un desastre? —Ya, ya… Por poner un ejemplo: ¿no hay algún conjuro que haga que solo sus ojos no puedan vernos? —Ese tipo de ilusión dinámica es muy difícil. Interferir únicamente en la intuición es sencillísimo, pero lograr que la persona no sea consciente de ello resulta arduo. —…

## El ladrón de la ciudad antigua

«Larbas, el asesino de cerraduras»: así se presentó el hombre con el que Qiya se había topado en la ciudad antigua, ya reducida a ruinas. Pero Qiya, al oír aquel apelativo, no mostró gran conmoción, y eso dejó al otro bastante resentido. —¿De verdad no has oído hablar de mí? —Lo siento, mi experiencia es bastante escasa. Pero parece que mi compañero sí ha oído hablar de ti. Mientras lo decía, Qiya recordó la expresión de Tau al oír aquel nombre. —En ese momento se quedó muy impactado… ¿De verdad eres tan famoso? —Preguntado así, la verdad es que empiezo a perder la confianza. Durante un tiempo, después de inventarme el apodo, hice un montón de disparates solo por dejar nombre. Los dos charlaban con una expresión, al menos, de lo más seria. Aquello en lo que Qiya y Larbas colaboraban con todas sus fuerzas era una tarea que no admitía ni un instante de distracción y exigía la máxima concentración. —Aunque, vosotros dos debéis de ser saqueadores de tumbas de renombre, ¿no? Haber entrado sanos y salvos en esta ciudad antigua obliga a miraros con otros ojos. —¿Y tú no entraste solo, atravesando una tras otra las trampas del perímetro? —Ay… Yo también llegué a esta torre del homenaje jugándome la vida. Al principio éramos cinco. Uno murió en el pantano cubierto de niebla venenosa, dos cayeron ante la hechicería y al otro se lo comió el perro guardián del que hablé antes. Qiya recordó también las penalidades que había atravesado con Tau antes de llegar hasta allí y suspiró como si se hubiera asustado. —Las defensas de este lugar están llenas de mecanismos; nadie se lo esperaría. No parece en absoluto que desde hace mucho tiempo ya…

## La calle de la conspiración

Durante aquellos cuatro meses, los innumerables botones de las túnicas y los abrigos habían sido un constante dolor de cabeza para Tau. Si la única ropa disponible era de esas que exigen tanto tiempo para vestirse, un ataque enemigo en pleno sueño no dejaba más salida que huir completamente desnudo. La tela no abrigaba lo bastante; para combatir el frío no quedaba más que frotarse hasta entrar en calor, y aquel diseño esmerado, incómodo tanto para ponerse como para quitarse, alcanzaba cimas de estupidez. Ese había sido el credo de Tau. Pero cada país tiene su estilo. Para el Tau de ahora, aquella vestimenta repleta de adornos lujosos y carentes de sentido se había convertido en su armadura y en sus brazales. El lugar donde se encontraba ya no era aquel campo de batalla salvaje en el que nunca se sabía cuándo atacaría el enemigo. Aquello no era un campo de batalla. —…Oye, ¿cuándo vuelves la próxima vez? Al otro lado, mientras Tau se arreglaba la ropa a toda prisa, la mujer de la cama se dio la vuelta y ni siquiera le dejó ver cómo alargaba la mano hacia el corsé. Yacía con los cabellos revueltos esparcidos sobre una piel blanca y exuberante. —¿La próxima vez? No tengo dónde caerme muerto ni un techo donde vivir. Si volviera a recibir la sonrisa que la señora me concede, no sería más que un sueño de otra vida. Aquella frase fija con la que cerraba cada noche junto a la mujer con la que se entendía le salió como un reflejo. El propio Tau se asombraba de haber llegado a dominar un parloteo tan de actor. En otro tiempo, su fuerte había sido aprender deprisa el manejo de las armas más nuevas. Ahora, lo que había adquirido no era algo que se empuñara con la mano, sino la capacidad de manejar las cosas con un susurro junto a los labios…

## La noche de la partida

Empezó a imaginar, siendo muy pequeño, qué clase de mujer sería su madre, poco después de saber que un niño no puede salir saltando de un libro. Tal vez una campesina arrastrada por la guerra y muerta en ella. Tal vez una artista errante incapaz de mantener a un recién nacido. Sobre aquella madre que no había tenido más remedio que abandonar en el campo de batalla a un niño tan pequeño, que ni siquiera sabía hablar, él no dejaba de inventar, con el escaso conocimiento que tenía del mundo, una historia torpe tras otra. Pero después, cuando supo que el destino de los huérfanos como él no era nada raro, descubrió lo insulsas que eran sus fantasías. Al final, lo más habitual era una muchacha errante que había sido violada, o una prostituta que abortaba una y otra vez teniendo por clientes a los soldados del campamento. Si su madre era así, seguir imaginando quién sería su padre resultaba de una estupidez enorme. Al cabo terminó aceptando un origen parecido al de quien brota de dentro de un árbol. Después perdió el interés. Al fin y al cabo, ya le ocupaba por completo ganarse el sustento; no le quedaba tiempo para pensar en cosas de más. Al recordarlo, descubrió que en su memoria, como era natural, no existía ese vínculo llamado familia. El soldado moribundo que lo había recogido lo trataba, a lo sumo, como a un animal útil, algo más provechoso que un perro que solo daba quebraderos de cabeza; desde luego no tenía conciencia de ser un padre. Debería haberle enseñado las habilidades para sobrevivir en el campo de batalla, pero antes de que él pudiera recibir aquel favor, él —«su amo»— ya había muerto. Después de aquello, la capacidad de sobrevivir se le escapó de lado…

## Posfacio

Los libros son algo terrible: transmiten a la posteridad, mediante un registro inmutable, a un autor propenso a cambiar de idea. Qué ácida resulta la voz de ese testigo que jamás vacila y no admite concesiones cuando ataca al renegado del futuro (al hombre que tergiversa la integridad). Cada vez que leo el posfacio del autor original del primer volumen de la novela Phantom, publicada en 2002, me tortura. Puedo decir con la cabeza bien alta, y con orgullo, que soy autor de juegos de chicas para mayores de dieciocho años, y juro lealtad a ese género. Quizá por ese sentido de pertenencia a la industria, cuando la obra se vendió como libro general en la librería Hinata, el Gen Urobuchi de 2002 se indignó. Aquel yo que había hecho de la prosperidad de la industria del juego erótico la aspiración de su vida, y que se enfurecía contra la falacia de salir de ese ámbito para hacerse un nombre con otro título. ¿Qué pensaría si viera al Gen Urobuchi de 2011? Recorriendo guiones originales de manga, novelas, guiones de anime y oficios ajenos sin escrúpulos, adelantándose a otras compañías al ponerse a novelizar juegos para mayores de dieciocho, y encima logrando venderlos como libros generales: ¿hasta qué punto lo tendría por un traidor vil? Pero, yo de 2002, quisiera que recordaras que la industria erótica es la patria de mi alma. Tú, que creías con fervor en esa bandera, ¿qué pensabas en 1992? Exacto: ni siquiera eras aún Gen Urobuchi. Con un seudónimo extraño que ya no recuerdo, ocupado en enviar originales a premios de noveles, un muchacho inmaduro que aspiraba a ser escritor de novelas ligeras, dejaba de lado los apuntes de la universidad y tecleaba en un procesador de textos. Si supiera que, diez años después, él mismo había renegado de…

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