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A Tu tenía treinta y nueve años y dirigía una compañía de taxis. La empresa no era precisamente grande: contaba con unas dieciséis unidades.
Por lo general, A Tu alquilaba los coches a otros conductores y sacaba así su beneficio.
Pero tenía un gusto particular: le encantaba conducir de noche, porque las calles quedaban tranquilas y despejadas, sin la opresión del ajetreo diurno. En la carretera podía soltar el cansancio acumulado durante el día.
Una noche del mes pasado, llevado por un impulso, hizo lo de siempre: eligió al azar un taxi de la compañía y salió a dar una vuelta, solo por el placer de conducir. Quizá olvidó colgar el letrero de fuera de servicio. Al pasar por un semáforo frente a un bar del distrito de Wan Chai, un grupo de jóvenes metió de pronto en el coche —que acababa de detenerse a esperar el cambio de luz— a una muchacha que olía a alcohol de pies a cabeza.
Justo cuando la empujaban al interior, el semáforo cambió. Los coches de detrás no dejaban de pitar, así que A Tu no tuvo más remedio que cruzar el cruce y parar un poco más adelante para ver qué ocurría.
Cuando detuvo el taxi, el grupo de jóvenes que había empujado a la chica ya no estaba a la vista. A Tu bajó y se asomó al asiento trasero para mirar a la borracha. Por suerte, aún podía decir su dirección. Sin otra salida, la llevó a la casa que ella misma le indicó.
Mientras conducía hacia allí, empezó a fijarse en ella por el retrovisor. Tenía un rostro fino y limpio; a juzgar por sus facciones, rondaría los veintiuno o veintidós. Y aquellos ojos entornados, nublados por la borrachera, resultaban sencillamente embriagadores.
Tal vez por el alcohol, empezó a sentir un calor sofocante.
De pronto, A Tu vio cómo sus manos de jade se dirigían al cuerpo que la ropa aún cubría.
Apoyó los diez dedos suaves en el borde del minivestido escotado y, despacio, fue subiéndoselo por encima de los muslos, hasta casi dejar a la vista su última línea de defensa.
Para entonces, el hermanito de A Tu ya empezaba a hincharse y el pantalón se le quedaba cada vez más estrecho. Lo único que deseaba era tumbarse con ella en una cama y hacer algo en serio.
Pero, por la seguridad al volante, devolvió enseguida la mirada al parabrisas y pisó el acelerador con más decisión hasta dejarla en su casa.
Vivía sola. El piso estaba decorado con mucho gusto, como si lo hubiera diseñado un profesional.
A Tu la acompañó hasta el dormitorio y, cuando ya se disponía a marcharse, ella gritó de pronto desde la habitación: que fuera al baño a buscarle una toalla caliente para lavarse la cara.
¡Ay! No había manera de negarse.
Así que entró en el baño, mojó la toalla con agua caliente y volvió al cuarto para dársela.
Pero, al cruzar el umbral de su alcoba, se quedó sin saber qué hacer: ella se había quitado por completo el único minivestido escotado y yacía en la cama como si nada. Con una voz mimosa le pidió que le entregara la toalla caliente, y A Tu no tuvo más remedio que obedecer.
En un instante, su mente se llenó de imágenes vívidas, porque delante de él había una muchacha completamente desnuda. En aquella situación se le encendieron las mejillas y las orejas, y no sabía cómo mantenerse en pie.
Al inclinarse sobre ella descubrió unos pechos llenos y firmes, una cintura fina y dos piernas largas y blanquísimas. Justo entonces ella apartó la toalla caliente que le cubría la cara. Al ver a A Tu boquiabierto y el cambio que se le notaba en el cuerpo, lejos de fingir pudor, le hizo señas de que se tumbara en la cama.
En ese momento, la excitación de su hermanito era tal que parecía buscar de inmediato un hueco donde refugiarse.
A Tu empezó a acariciarle con ambas manos aquellas dos cumbres altas; los dedos ocuparon también las dos cimas rosadas. Ella comenzó a gemir en voz baja. Al oír aquella voz frágil, la excitación de A Tu se multiplicó por cien. Fue desplazando poco a poco la mano que amasaba una de las cimas hacia el bosquecillo inundado por el aguacero. Ella no solo no le impidió merodear en la entrada del bosque, sino que guio sus dedos hacia lo más hondo. Los dedos se hundían como lombrices en un barro resbaladizo, y con cada entrada y salida su respiración se volvía, sin querer, más fuerte.
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Su bosque parecía ungido de lubricante: cada vez estaba más húmedo y resbaladizo.
Entonces ella tomó la iniciativa, se subió encima de A Tu y le aplastó el pecho con aquellas dos cumbres. Con las manos fue desabrochándole despacio los botones de la camisa y, como una polilla que se lanza a la llama, le besó los labios, el cuello y siguió bajando hasta el pecho. Entre gemidos entrecortados, su mano de jade descendía poco a poco hasta llegar al hermanito de A Tu, que ya se alzaba con la lengua fuera.
Lo acarició despacio, lo mimó; la presión del masaje subía y bajaba. Al cabo de un rato, en la parte delantera del pantalón de A Tu se había levantado algo parecido a una tienda de campaña.
Para entonces ella ya lo había librado de toda su ropa y sacó formalmente a su hermanito para manosearlo. Su destreza resultó de una habilidad inesperada.
Como si tocarlo con la mano no le bastara, bajó la cabeza y metió en su boquita de cereza al hermanito, ya en estado de alerta, chupándolo y soltándolo despacio. De vez en cuando usaba aquella lengua de serpiente ágil para trazar círculos sobre la punta. Repetía el asalto una y otra vez: ¿cómo iba A Tu a resistirse? El hermanito subía y bajaba entre dos labios de un rojo encendido, y ella chupaba como enloquecida, como si quisiera dejarlo seco por dentro.
A Tu sintió un estremecimiento en todo el cuerpo y enseguida cambió de postura para poder servirla él con la boca y la lengua, en un beso a la francesa.
Empezó a atacar su bosque negro. Por el túnel del bosque brotaba sin cesar una riada como de aguacero. A Tu fue absorbiendo toda aquella inundación y luego redobló el ataque, lamiendo como un loco la puerta del bosque con la lengua.
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La reacción de ella fue igual de intensa. Luego llevó la boquita hacia las dos bolitas de A Tu y chupó con fuerza, a punto de sacarle los huevitos, hasta que él tuvo que arquear la cintura hacia arriba para zafarse de aquel asalto.
No pasó mucho tiempo antes de que su jadeo entrecortado se mezclara con gemidos de excitación y, sin darse cuenta, empezara a mecer el cuerpo. Al ver aquello, A Tu comprendió que, bajo su ataque furioso, ella ya empezaba a no poder más.
Sintió que ella deseaba probar el placer de ser tomada por su enorme miembro.
Así que se dio la vuelta, la empujó sobre la cama y, con todo su capital, la acometió al instante. En el momento en que entró, la cintura de ella se alzó sin control para salir al encuentro de los embates de su hermanito. Y cada vez que él avanzaba un palmo más, los gemidos que le salían de la boca parecían amplificados por un altavoz, diez veces más fuertes que antes.
Por un instante dio la sensación de que todos los vecinos del edificio iban a enterarse de que, en aquel preciso momento, ella disfrutaba de lo más feliz de su vida.
Y, entre aquellos gemidos de un placer tan hermoso, A Tu se sentía como un competidor en la pista al que el público no deja de aplaudir y animar: se entregó aún más, desplegó su potencial hasta el límite, concentró toda la fuerza en el hermanito y lo empujó hacia un abismo todavía más hondo.
Entonces volvió a pellizcarla y, entre dientes, dijo: «¡Más fuerte…… dámelo!»
De pronto, A Tu notó que ella intentaba esquivar la embestida profunda, como si ya no pudiera encajar aquel alud de golpes, y volvió a gritar.
«¡Oh……!»
«¡No……!» A Tu no solo no detuvo el ataque ni tuvo contemplaciones con ella, sino que, aprovechando la ventaja, aumentó el ritmo con que asaltaba el bosque negro. Al mismo tiempo, la fuerza de las palmas de sus manos creció y le apretó los pechos hasta casi fundirlos en uno.
De vez en cuando usaba un modo aún más directo: con los labios chupaba aquellas cimas de un rojo intenso que ya estaban durísimas.
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Quince minutos después, cuando A Tu quiso retirarse para cambiar de postura, ella se incorporó de pronto y le indicó que se tumbara en la cama.
En cuanto él quedó boca arriba, ella, sin decir palabra, se sentó de un golpe —¡chas!— sobre su hermanito. Quería devolverle el ataque de antes, y las manos de A Tu, lejos de quedarse ociosas, no dejaban de moverse sobre sus cumbres.
De vez en cuando ella se inclinaba para que él le besara los labios.
Entonces A Tu fue incorporándose poco a poco, la abrazó con fuerza y le besó el rostro, el cuello y los dos pechos con furia. Los gemidos de ella estallaron en un rugido y se movió arriba y abajo con más empeño. Se veía que aquel éxtasis era auténtico: disfrutaba de verdad del placer infinito que el sexo le daba.
Después repitió el asalto una y otra vez, subiendo y bajando sobre A Tu, y en cada movimiento empleaba toda la fuerza del cuerpo, hasta hacerle ver en la mente una imagen tras otra de un paraíso ilusorio.
Pero lo mejor aún estaba por llegar: en ese momento, el hermanito de A Tu, duro como una barra de hierro, quedó completamente absorbido por ella.
Entonces ella aflojó el ataque y empezó a ondular arriba y abajo con un ritmo lento. De pronto A Tu sintió algo extraño: había en ella una succión que casi lo pilló desprevenido y a punto estuvo de hacerle perder la batalla.
No sabía dónde había aprendido ella aquella técnica interna del «koi que absorbe el agua». A Tu no tuvo más remedio que recoger el ánimo y concentrarse para responder. El forcejeo duró quince minutos. Sintió que estaba a punto de derramarse de un solo chorro y, en el último instante, cambió de figura: se puso encima de ella y no dejó de entrar y salir, decidido a vencerla en el menor tiempo posible. Entonces desplegó todo su repertorio y la hizo llegar al clímax una y otra vez.
Ella no paraba de gritar: «¡Me muero, no te muevas…… me muero!»
A Tu no le hizo caso; al contrario, se movió más deprisa y entró más hondo. Ella gritaba sin cesar: «¡Mmm…… mmm…… mmm……!» Cuanto más fuerza hacía él, más alto gritaba ella, y apretaba las piernas hasta juntarlas.
De pronto, todo su cuerpo se convulsionó durante más de diez segundos y, con un largo suspiro convertido en gemido bajo, alcanzó la cima.
A Tu sintió cómo los músculos de ella temblaban y se sacudían. Entonces cruzó la meta de un tirón y eyaculó dentro de su cuerpo hasta la última gota.
Pasado el clímax, salió de ella y se tendió a su lado.
Pero ella parecía no haber tenido bastante: se dio la vuelta, se puso debajo de A Tu y se puso a chupar a aquel muchacho cabizbajo.
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En solo un momento, aquella lengua incansable de dos cun volvió a poner en forma al pequeñajo. A Tu ya empezaba a sentirse algo agotado.
Pero no había manera de evitarlo.
Ella no buscaba una segunda vez: no quedaría conforme hasta haberse tragado la esencia gota a gota.
La cabeza subía y bajaba sin parar, y de vez en cuando le mordisqueaba la punta con los dientes.
Bajo aquella intensidad, A Tu volvió a estallar. La esencia brotó por el centro de la brecha. Así, a lo largo de la noche, explotó hasta cinco veces.
A la mañana siguiente, al despertar, ella estaba tendida a su lado, con la cabeza apoyada en la mano, mirándolo fijamente. Le dedicó una mirada de gratitud, le dio las gracias por haberla llevado a casa la noche anterior y le pidió una tarjeta de la compañía.
Ahora A Tu se había convertido en su chófer particular y, tres o cuatro noches por semana, se quedaba a dormir en su casa.
