¡¿A la señorita del Club de Consultas le encanta preguntar por cada clavo y remache!?

NOVEL · Español

¡¿A la señorita del Club de Consultas le encanta preguntar por cada clavo y remache!?

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## Ilustraciones

## Primera deducción ~El tesoro se busca después de clase~

——Hay cosas que, para una persona, de verdad «es mejor no saber». Ryūgū Kotarō rumiaba aquella idea mientras corría por el pasillo de la academia, justo cuando empezaba el tumulto de la salida. ——¡Maldita sea, qué desastre! ¡No llego ni de broma! Se abrió paso entre los demás alumnos del pasillo y Kotarō chasqueó la lengua, furioso. Ante aquella situación, la peor posible, se quejaba de que el tiempo no esperaba a nadie. Eran casi las cuatro de la tarde. A esa hora, él ya debería haber cruzado la puerta del colegio y estar de camino a casa. ——¡Rápido, rápido! ¡Tengo que volver ya! Sin hacer caso de las miradas a su alrededor, Kotarō bajó varios escalones de un solo salto. Aguantó el hormigueo que le subió por los pies al aterrizar y echó a correr en línea recta hacia la entrada del edificio. En aquel momento tenía un motivo para volver a casa cuanto antes. No: para ser exactos, un motivo para abandonar la academia cuanto antes, costara lo que costara. Delante de su mirada ya se veía la entrada. La meta estaba a un paso. Solo tenía que cambiarse los zapatos y salir corriendo fuera del recinto. Con eso, su deseo insignificante se cumpliría. Pero. «——¿Por qué tanta prisa, Ryūgū?» Apenas había agarrado las botas del zapatero cuando su deseo se hizo añicos. Al responder a aquella voz familiar, Kotarō giró el cuello con un chirrido, como una marioneta de hojalata oxidada. Hacia el lugar de donde venía la voz puso la cara de quien ya se lo esperaba: una mueca amarga. Frente a su mirada había una chica. Era menuda, de extremidades largas, tan frágil que parecía que se rompería con un roce…

## Segunda deducción ~El derribo exige ingenio~

El puño que el otro descargó le rozó la mejilla, y Suzuhara Ikki notó el calor del roce en la piel. No pudo evitar chasquear la lengua. «¡Maldita sea!» Fuera de sí, Ikki alargó la mano, agarró al que tenía delante por el pecho e intentó derribarlo. El otro tampoco cedió. Ikki era más fuerte de cuerpo y llevaba la ventaja de la fuerza. Lo sujetó por el cuello de la ropa y tiró de él hacia un lado. Lo estrellaría contra la pared de una casa junto al camino y, en cuanto flaqueara, le soltaría un puñetazo en la cara. Tras decidirlo por instinto, empujó el cuerpo del otro hacia la pared. Y entonces. ——¡Boom! «…¿Eh?» A Ikki se le escapó aquel sonido sin querer. Al instante siguiente, la grava que se deshacía estalló en un estruendo. Ikki contempló la escena que tenía delante y se quedó paralizado. El hombre al que había empujado gemía mientras caía de espaldas. Su cuerpo rodó un par de veces sobre los bloques de hormigón hechos pedazos. «——Oye, ¿qué ha sido ese ruido?» «¿Un accidente de coche?» «¡Ah! ¡Oye, oye! ¡Mira allí!» Los vecinos, al oír el estruendo, salieron a mirar. Al ver lo que tenían delante, empezaron a cuchichear. Pero Ikki no oía el alboroto de alrededor. Solo permanecía allí, atónito, horrorizado por lo que había hecho, con el rostro pálido y temblando de pies a cabeza. Ante los ojos de Ikki, la pared de hormigón de la vivienda se había abierto en un boquete como el que dejaría un coche al estrellarse. ■■■ «…Así que por eso me has llamado.» Ryūgū Kotarō se llevó el móvil a la oreja y, después de escuchar el relato a grandes rasgos, soltó un hondo suspiro. Por dentro sentía…

## Tercera deducción ~¿Quién cometió el error de principiante?~

La madera ardía con un crepitar seco. Por encima se alzaba un humo negro que se fundía con la oscuridad de la noche. A ello se sumaban el resplandor de la luna y las luces de la calle, que brillaban junto a las llamas horrendas de la casa en llamas. Alrededor de la casa ardiente se había reunido mucha gente curiosa. Todos cuchicheaban y especulaban, como si contemplaran un número de un parque de atracciones. «…Ah, aaah.» Delante de aquella casa en llamas, una mujer tenía las piernas flojas y miraba el incendio con la mirada vacía. Un hombre, quizá su marido, la sostenía. Ella seguía mirando, aturdida, cómo ardía la casa. Aquella vivienda debía convertirse, al cabo de unos meses, en el hogar de ellas. Ahora solo podía dejar escapar un gemido sin forma mientras veía arder la casa inacabada. A lo lejos sonó la sirena de los bomberos, como si se burlara de la pobre mujer. ■■■ La Academia Manqiu, después de clase. Tras luchar sin tregua contra el sueño feroz que los asaltaba después del almuerzo, los alumnos por fin terminaban unas clases enrevesadas y, al cabo de una larga batalla, recuperaban la libertad. Entre ellos, unos sudaban con entusiasmo en los clubes deportivos; otros, de camino a casa, disfrutaban con compañeros de las mismas aficiones. Ryūgū Kotarō también era uno de esos chicos. Los gritos de los clubes deportivos en el patio le servían de música de fondo mientras saboreaba un té japonés templado. Había echado un poco más de hojas de la cuenta y se dejaba envolver por aquel aroma intenso, como un pequeño lujo propio. Era el momento más feliz de Kotarō. «——Qué desocupada estoy, Kotarō.» Había una chica dispuesta a estropeárselo. Ella…

## Cuarta deducción ~¿Dónde está ahora la caja azul de la felicidad?~

Unos dedos finos tocaban la tierra firme. Diez dedos de jade, blancos e inmaculados, cavaban el suelo y se manchaban de barro. En la penumbra silenciosa solo resonaba el sonido de una silueta excavando. «——Ja, ja, ja…» La silueta jadeaba y seguía cavando, absorta. Al fin detuvo las manos. Aquellas manos sucias se tendieron hacia una cajita que había junto a ella. La agarró y la depositó con cuidado en el hoyo. Contempló la caja pequeña en el fondo de la tierra y luego empezó a echar tierra con suavidad. La tierra caía poco a poco. Mientras veía cómo la caja quedaba enterrada, se mordió el labio. Aplastó la tierra que sobresalía de forma antinatural y, en aquel lugar, juntó las palmas. ——Deseaba con toda el alma que aquella caja no volviera a ser encontrada jamás. Así lo pidió, y permaneció largo rato de pie ante el hoyo. Un rayo de luna cayó, y por la mejilla de la silueta resbaló una lágrima. ■■■ En la Academia Manqiu existía un club llamado «Club de Consulta Estudiantil». En esta sociedad moderna, los tiempos son duros. Las preocupaciones de los alumnos también son de todo tipo, y no todos los problemas se resuelven hablando con los padres o los profesores. Para atender esas inquietudes privadas de los estudiantes existía una actividad de consulta dirigida por los propios alumnos. Eso era el «Club de Consulta». Era motivo de orgullo para la Academia Manqiu: el último refugio de los estudiantes. Y quienes cargaban con aquella responsabilidad importante, los dos miembros del club conocidos en toda la academia por estar un peldaño por encima de los demás, eran… «…Ah. Está bueno.» «¿A que sí?» Bebían té frío con toda la calma del mundo. «Lo importante es el agua y…

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