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## Ilustraciones
## Capítulo 1. La carnívora N-ko y el vampiro
Escaneo: uiop031 Traducción: Yunying Yi La primera vez que vi el cadáver de un ser humano fue en el verano de mis dieciséis años. El sol del estío me abrasaba la nuca. Cuando el viento cálido pasaba sobre el trigal, las espigas susurraban. El coro de las cigarras había desaparecido por completo. Apreté con fuerza la hoz que tenía en la mano y bajé la vista hacia el cuerpo. El hombre llevaba puesta la chaqueta de la cooperativa agraria. En la cabeza, una gorra amarilla que debía de ser un obsequio de algún vendedor de pesticidas, con el nombre del producto impreso: «BCB13». El rostro, pálido y lleno de arrugas, mostraba por todas partes unas manchas que parecían negras. La piel no conservaba ni una gota de humedad, y las cuencas de los ojos se le habían hundido profundamente. La boca estaba entreabierta, y la lengua, ya morada, asomaba como si implorara agua. Una gota de sudor me resbaló de la frente a la mejilla, cayó sobre la palma del cadáver y fue absorbida. Nada de aquello parecía real. De pronto, un sueño que había tenido en la guardería afloró en mi mente. Iba caminando por la calle cuando choqué con un adulto. Tras disculparme, alcé la vista: de la cara de aquel adulto colgaban orugas, pero no tenía rostro. Manos, cabeza y cuerpo, todo estaba cubierto de orugas. Solté un grito y eché a correr. Cuando volví en mí, todos los adultos de alrededor estaban cubiertos de orugas, y las orugas gobernaban cada uno de sus movimientos. Los humanos-oruga se desplazaban como zombis y se me acercaban. Querían agarrarme. Las orugas treparon desde sus manos hasta mi cuerpo. Al final yo también me convertí en un humano-oruga y empecé a buscar…
## Capítulo 2. La danza folklórica y el cadáver sin cabeza
Miré, atónito, la tabla de clasificación del examen mensual pegada en el tablón de anuncios. Después de clase, el pasillo frente a la oficina del aula estaba abarrotado de estudiantes. A mi lado, una chica con una trenza triple muy mona señalaba la clasificación y daba saltitos de pura alegría. Junto a ella, un chico con gafas echaba la cabeza hacia atrás y gritaba. Había caído fuera de los diez primeros de todo el curso y parecía arrepentirse muchísimo. 【Senpai Tōko: ¡Konoha, mira!】 Alguien me dio unos golpecitos en el hombro. Me volví y resultó ser la tutora, Mitsumoto Nanae, que me miraba con la expresión lastimera de quien tiene veintinueve años y sigue soltera. 【Profesora Shizuka: quiero que me dejen en paz】 «Kamuro, no hace falta que te lo tomes tan a pecho. ¡Si apenas es el verano de primero! Con un poco más de esfuerzo enseguida alcanzarás a los demás. Porque, mira, por tus venas corre la sangre de la familia Kamuro. Aunque, eso sí, en matemáticas vas un poco flojo. Las ecuaciones diferenciales ordinarias… ¿te parecen difíciles?» «¿Dice que son difíciles? Oiga, ¿qué son exactamente las ecuaciones diferenciales ordinarias? En clase no he oído hablar de ellas ni una sola vez. No, en cualquier caso, cuando estaba en Tokio ya había llegado al nivel del examen de acceso a la universidad.» Y, entre los doscientos veinte alumnos de primero, mis notas estaban entre las diez peores. La profesora Mitsumoto dijo, con la comisura de la boca como si le diera un tic: «En este pueblo, el contenido de las clases no está al mismo nivel que fuera. Como todo el mundo tiene unas ganas de saber muy fuertes, el estudio de verdad se hace en casa, cada uno por su cuenta…
## Capítulo 3. El gorrión de la lengua cortada y el tiempo detenido
【El gorrión de la lengua cortada: procede de un cuento popular japonés. También aparece en los «Cuentos de antaño» que Dazai Osamu reescribió; quien tenga interés puede ir a buscarlo. El argumento, a grandes rasgos, es este: una anciana de mal genio está lavando la ropa cuando un gorrión que crían los vecinos viene y se come el almidón que ella usa para el lavado. Furiosa, la anciana le corta la lengua y lo echa. El anciano y la anciana de la casa de al lado se entristecen mucho y salen en busca del gorrión. Al fin encuentran su casa, y allí los gorriones los reciben con gran hospitalidad. Como pequeño obsequio, el gorrión les entrega dos cestos de mimbre de distinto tamaño. El matrimonio, que no tiene ambición, acepta el cesto más pequeño y regresa a casa; enseguida aparecen en él oro, plata y tesoros. El anciano bondadoso y su esposa se hacen ricos y, a partir de entonces, viven felices. La anciana de mal carácter envidia su buena fortuna, visita también la casa del gorrión y se lleva un cesto grande. Incapaz de esperar a llegar a casa, lo abre a mitad del camino. Pero, al levantar la tapa, una bandada de demonios sale de dentro y la anciana, muerta de miedo, se desploma en el suelo.】 «Qué aburrimiento», dijo la señorita Yōko, tumbada de través sobre la pila de expedientes de casos. En el suelo de la sala de actividades del club de detectives se amontonaban, sin dejar un hueco, casi un metro de expedientes transmitidos de generación en generación. En la parte de delante ni siquiera se veía el suelo. El único sitio libre de expedientes era, en el centro de la sala, un espacio de apenas cuatro tatamis. Yo, en medio de aquella zona de tatami…
## Capítulo 4. El corazón y los seres humanos iguales
Cuando conocí a Kurihara Rin, ella estaba a punto de perder la vida. Era un día de viento fuerte. Los árboles del patio de la escuela crujían con dolor, y las nubes formaban un remolino, como si fuera a llegar un tifón. Apoyado en la azada, recobré el aliento. Estaba en un rincón del patio del campus, labrando el huerto de verduras que pertenecía al club de detectives. No era el mismo campo del incidente anterior, aquel en que el trigo chupasangre había matado a alguien; este era un pequeño terreno de cultivo experimental, cerca del edificio escolar. A mi lado, la señorita Yōko arrancaba hierbajos con el sudor en la frente, trabajando con la agilidad de un boxeador que lanza un jab. Ella miró hacia aquí. «Miembro Kamuro. No pares, no pares. Si no labramos de día y metemos las semillas, no llegaremos a tiempo para la lluvia oportuna.» «¿La lluvia oportuna?» La señorita Yōko señaló el cielo. El remolino de nubes se iba ensanchando poco a poco. «Esto de aquí. En este pueblo, una vez al mes, cae una lluvia cargada de muchísimos nutrientes. Si se nos pasa, habrá que esperar otro mes. Y entonces no llegaremos al próximo Festival del Rábano. Últimamente, por ti, he sacrificado los cultivos que iba a presentar. Esta vez tenemos que ganar sí o sí, así que date prisa en arar.» «El Festival del Rábano… ¿no se celebró ya en el festival escolar, antes de las vacaciones de verano? ¿Es que hay otro?», dije, y dejé caer la azada. De un golpe hundí el filo en la tierra fértil. «Eso… ¿cómo decirlo? Fuera, el festival escolar…
## Capítulo 5. El vegetal y la cocina de la masacre
El puño de Ennu se estrelló contra la pared con todas sus fuerzas. 【Original: エンヌ. Solo he encontrado «lycéenne» (del francés: lye), chica de instituto o de formación profesional; aquí, sin embargo, debería referirse a un nombre masculino.】 Con el sonido sordo, el hueso se partió. Una quemazón le recorrió la palma. Era como si le hubieran metido un mechero dentro y le abrasara la carne por dentro. Y, aun así, no logró dejar ni una mella en la pared. Aquel calabozo era de una solidez aterradora. Llevaba ya cinco días encerrado allí con cinco compañeros. Había agotado todos los medios para escapar, pero no había avanzado nada. La celda medía unos cinco metros de largo y de ancho; paredes, techo y suelo estaban todos colados en un hormigón muy grueso. Delante de la entrada, barras de hierro de unos tres centímetros de grosor se cruzaban a intervalos de diez centímetros, en horizontal y en vertical. Por estar bajo tierra, la humedad era intensa, y olía a moho. Del techo caían gotas de agua de cuando en cuando. Ni siquiera el primer día, cuando los siete estaban todos presentes, había sentido en aquella celda estrechísima una desesperación como la de ahora. Ya solo quedaban él y su hija, Urushi. 【Original: ウルシ; también puede escribirse «laca».】 «Aquellos tipos» venían cada día a la hora del buey, en el segundo cuarto. Y lo hacían en formación de cuatro. Dos montaban las escopetas de caza al otro lado de la reja; los otros dos entraban en la celda con porras eléctricas. Después electrocutaban a los compañeros y se los llevaban a rastras. En cuanto veían en alguien el menor gesto de resistencia, los dos de fuera…
## Epílogo
Lo de Shinomura tiene como modelo una historia que oí antaño de boca de mi padre. En las montañas de Kaga, en la prefectura de Ishikawa, el pueblo donde nací, queda una leyenda sobre fugitivos del clan Heike. A comienzos de la era Shōwa, en el río que atravesaba la aldea más recóndita, dicen que desde aguas arriba bajaban flotando cosas parecidas a palillos. Más adentro todavía de aquella aldea del fondo había otra aldea que nadie había descubierto. Organizaron una expedición, remontaron la corriente y encontraron viviendas ya podridas hasta los cimientos. Pero no había ni rastro de habitantes… Durante mucho tiempo, en realidad, había olvidado esta historia. Lo que me la hizo recordar fue el estreno de «La aldea de las ocho tumbas». 【La aldea de las ocho tumbas: un relato de las «Aventuras del detective Kindaichi», de Yokomizo Seishi.】 Aunque me gustan mucho las películas, casi nunca voy a ver cine japonés, hacia el que siempre he tenido prejuicios. Y es que, en la secundaria, fui con mis padres a ver «La vasija de arena» y saqué de ahí la experiencia de que los primeros treinta minutos bastan para decidir si uno abandona. Mis padres habían dicho a la vez: «Esta es la película más interesante de Japón», así que yo esperaba muchísimo. Pero, por más que pasara el tiempo, no estallaba ningún tiroteo. Solo seguían, y seguían, con una investigación aburrida… Después de aquello, aunque ya había renunciado por completo al cine japonés, en un manga que leí de casualidad aparecían escenas con frases como «es el castigo». Así que, sin poder evitarlo, quise probar con «La aldea de las ocho tumbas», y resultó ser bastante interesante.…