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## Prólogo: La muerte del veterano
Edición taiwanesa. Procedente de Qing zhi Guodu.
1. La crisis del alma
Al este de la isla de Britania, tras zarpar de Londres y navegar unos tres días por el mar del Norte, de vientos recios y olas altas, se divisan dos islas. Una es grande y la otra pequeña; se llaman isla de Solen y pequeña isla de Solen, y juntas reciben el nombre de archipiélago de Solen. La ciudad linda con el único puerto de la isla de Solen, y su nombre es el mismo que el de la isla: simplemente, ciudad de Solen.
La casa Elwin fundó la población en aquella isla desolada y logró que el puerto prosperara, de modo que su fama se extendió por todo el norte de Europa, y el comercio entero del mar del Norte quedó en sus manos. Si se piensa ahora en el giro decisivo de aquella familia, quizá todo empezó con la muerte de un viejo soldado.
Ocurrió en octubre de 1190.
Una mañana en que la nieve cubría el paisaje y el frío hacía presentir que el invierno estaba a las puertas, acompañada por la doncella Yasmina Beaumont, salí de la mansión muy temprano para llevar una copa de hidromiel caliente a Edwin Schur, el guardia de la ronda nocturna, y así entibiarle el cuerpo.
Pero Edwin no estaba en su puesto, ante la puerta principal de la mansión. Yacía boca abajo sobre los arrecifes negros de la pequeña isla de Solen. Como le gustaba beber, y a veces se tomaba hasta un galón de cerveza durante la guardia, al principio creí que solo se había desplomado ebrio. Mas, al acercarme y sacudirlo para despertarlo, descubrí que su cuerpo estaba helado hasta…
## Capítulo I: Venidos de Oriente
2. Dicen que vienen de Jerusalén
Un viernes de noviembre tomé una barca desde la pequeña isla de Solen, donde vivo, hasta el puerto de la isla de Solen. Sabía que los mercaderes de mi trato, tras la gran feria de Provins, en Champaña, harían una breve escala en la ciudad de Solen.
El cielo estaba despejado de punta a punta, pero aquel día el viento soplaba fuerte y la temperatura era baja. Para que el chal de lana no se me escapara, lo sujetaba con una mano mientras miraba a un lado y a otro en busca de algún conocido. Como esperaba, el puerto hervía de gente. En el puerto de Solen hay cinco muelles que se adentran hacia el mar. Junto a cada uno hay barcos amarrados, tan apretados que uno no puede sino lamentar que el sexto muelle esté precisamente en reparación.
Los estibadores no hacían el menor caso del viento frío que soplaba: todos, con el torso desnudo, se afanaban en acarrear grandes maderos, barricas de roble y cajones de madera cerrados con llave que apenas podían levantar entre dos hombres adultos. En sus gritos rudos había alegría, y de aquellos cuerpos empapados de sudor parecía brotar vapor sin cesar. Los mercaderes más impacientes tendían una manta en el suelo y, a voz en cuello, pregonaban: «¡Todo esto acaba de llegar, mercancía fresca!», y en sus puestos se veían guantes de seda, gorros bordados, vino y toda clase de géneros. Dicen que en Solen, donde no se cultiva la vid, el vino siempre se vende a buen precio.
He vivido en esta isla desde que nací. Aunque me parece que yo sola…
## Capítulo II: El caballero y el mercenario
8. Cae un héroe
El tañido de la hora de prima (poco después de las siete de la mañana) me llegó a los oídos.
Salí de la mansión para comprobar el tiempo, y un viento del este me rozó la mejilla. Ante aquel frío que hacía temblar, no pude evitar que me naciera en el pecho un mal presagio, la certeza de que algo funesto estaba a punto de ocurrir. En aquel instante una gran masa de nubes sombrías cubría el cielo.
Como de costumbre, terminé el desayuno de pan con caldo de verduras, y entonces Yasmina me habló.
«Señorita Amina, me ha pasado una cosa extraña.»
Yasmina es la más joven de todas las criadas, una muchacha a la que un fracaso no desanima.
Aunque las pecas le destacan un poco en el rostro, es muy linda, y como tiene una expresión viva, siempre transmite a los demás una sensación de dicha.
No se le pueden confiar los encargos de verdadera importancia, pero su compañía entibia el corazón. Aquella mañana, así, con la cabecita ladeada, me dijo aquello.
«¿Qué ocurre?»
«Pues que el señor todavía no se ha levantado.»
Para Yasmina aquello no debía de tener mayor importancia. Es cierto que padre suele madrugar, pero hay días en que acaba especialmente cansado. Por ejemplo, la mañana siguiente a un gran banquete, más de una vez ni siquiera cuando sonaba la campana que anunciaba el fin de la misa (hacia las nueve y diez) había salido aún de su alcoba.
Al principio pensé eso, pero al recordar lo de esta mañana…
## Capítulo III: El réquiem
19. Aún no ha sonado la campana de maitines
Hasta el año pasado ni siquiera tenía claras las normas que hay que observar en un funeral, y sin embargo ahora he podido cumplir sin tropiezos la vigilia de mi padre. La razón principal es que ya había asistido antes a la vigilia de Edwin Schur.
El lugar del funeral estaba lleno de murmullos de oración; la ira y la venganza no tenían cabida allí. Primero rocié el cuerpo de mi padre con agua bendita mediante un hisopo, y luego me arrodillé en el suelo de piedra y empecé a rezar. Para que el frío no fuera excesivo, alrededor habían dispuesto muchas antorchas y hogueras. La sombra que se extendía desde mis pies adoptaba la postura de alguien que alza las manos en oración. En el lugar solo estábamos yo, mi hermano mayor y el monje que oficiaba el rito.
Según la costumbre, en un funeral hace falta el llanto de una mujer para despedir al muerto, de modo que yo también debía llorar en voz alta. Pero el rito de aquella noche resultaba extraordinariamente silencioso.
Se dice que los monjes rezan toda la noche por el difunto. Tengo la impresión de que Adam haría lo mismo.
Yo, en cambio, tenía que aprovechar el tiempo y salir de la capilla. No porque hubiera quedado en verme con Faruk; en realidad deseaba despedirme de mi padre en calma aquella noche. Pero si una mujer destaca demasiado en un funeral, deja mala impresión. Que el monasterio me hubiera permitido entrar en la capilla y completar toda la serie de oraciones ya era una cortesía considerable. No podía abusar de ella.
Aproveché la última ocasión para contemplar de nuevo el rostro de mi padre…
## Capítulo IV: La campana de la tormenta
22. Un rumor no deja de ser un rumor
Tras dormitar un rato en la villa de la isla de Solen, desperté.
Aquella mañana Solen estaba impregnada de una atmósfera de inquietud.
La muerte del señor era ya del dominio de todos.
Entre quienes viven en la isla de Solen, ¿cuántos acogerían de corazón a Adam como nuevo señor? Padre sopesaba siempre con detenimiento las medidas para el desarrollo de Solen y competía con gran habilidad con la organización de autogobierno ciudadano, de modo que derechos y deberes quedaban medidos con exactitud. ¿Sería Adam capaz de mantener ese equilibrio?
La noticia del robo en el monasterio se extendió también enseguida por toda la isla. En el hurto no hubo heridos ni muertos, ni se halló a nadie sospechoso. Aun así, precisamente las piezas más valiosas habían desaparecido en el aire, varias de ellas. No sé quién difundió la noticia, pero sé que todo es cierto. Los devotos lo consideran una profanación de la casa de Dios; quienes poseen un patrimonio de cierta cuantía temen convertirse en el próximo objetivo de ese ladrón de origen desconocido.
El vulgo aún ignora que los daneses malditos atacarán sin falta. Los guardias, sin embargo, permanecen en las atalayas con un gesto más tenso que de ordinario; los jóvenes que respondieron al reclutamiento se dirigieron a la fortaleza desde primera hora, y además de soldados se han metido en ella gran cantidad de antorchas y madera. También he oído que Adam ya ha firmado formalmente con los mercenarios.
En cuanto a Tostig Dakeru…
## Capítulo V: El rito
34. ¿Quién es, al fin, el «perro faldero»?
El suelo está cubierto de baldosas blancas y negras, y en el hogar arde una llama roja. En las paredes no solo hay antorchas: también innumerables candelabros iluminan el salón hasta hacerlo parecer de día.
Sobre la mesa rectangular, cubierta con un mantel, hay jarras de bronce, copas de barro y cuernos para beber; en una fuente de peltre se amontonan peras y manzanas. El pan, tostado hasta quedar muy duro, se usa como escudilla, y después de empaparse de la grasa de la carne de vaca y de cordero sazonada con especias se ha ablandado un poco. El pudin de almendra, la tarta de pera y demás postres han ido a parar, en su mayor parte, al estómago de los invitados.
El mismo día en que se rechazó a los daneses malditos, el entierro de mi padre, Laurent, se aplazó un día, y en la mansión de la pequeña isla de Solen se celebró un banquete por la victoria. La mesa de honor está un peldaño más alta que los asientos corrientes. Adam se sienta allí de espaldas a la pared, y los caballeros de la casa Elwin ocupan los bancos de ambos lados, charlando y riendo. Konrad, caballero del Sacro Imperio Romano, y Faruk, caballero del condado de Trípoli, también han sido admitidos entre ellos.
En las mesas de los asientos ordinarios hay asimismo candelabros en abundancia. Abe, el escudero, se sienta en esa zona, frente al alcalde Bonis, representante de la milicia. Los soldados que se distinguieron en esta batalla también han sido admitidos al banquete. Edel, en cambio, ha sido asignada a un puesto de rango aún inferior, y ocupa con el sarraceno Szed y la mujer de los vándalos, Emma, el asiento del rincón más apartado.
Los criados, con Yasmina a la cabeza, van y vienen entre la cocina y el salón…
## Epílogo: Hacia adelante
37. La quilla quebrada
Llegó el día siguiente, y el tiempo fue uno de esos días despejados, raros en noviembre.
Entre cantos sagrados y flores, Laurent Elwin, anterior señor del archipiélago de Solen, fue enterrado formalmente en el cementerio del monasterio.
El asesino del anterior señor fue el caballero asesino Edric Fitzjo.
Nicola Bager, caballero de la hermandad hospitalaria de San Ambrosio, logró ver a través de la identidad de Edric, el caballero asesino que se había infiltrado en Solen usurpando el nombre de mi hermano mayor, Faruk, y lo mató ante el nuevo señor, Adam Elwin. Adam colmó de elogios a Nicola y le entregó una recompensa para alentarlo.
En esencia, así se dio por cerrado el caso.
Aunque la desembocadura al sureste de la isla de Solen puede considerarse un puerto natural, la costa occidental es toda de roca, de modo que los barcos corrientes no pueden acercarse. Y, sin embargo, en aquel paraje flotaba una embarcación. Era un drakkar vikingo muy esbelto, de los que son propios de los daneses.
Los cabos que salían del barco estaban firmemente amarrados a los arrecifes cercanos. En cuanto a Hal Emma… no: Freya Lausdottir estaba de pie a un lado. Su hacha de guerra y su cota de malla ya habían sido subidas a bordo; solo faltaba que los pasajeros embarcaran para zarpar. Aunque los labios violáceos de Freya seguían inspirándome un poco de miedo, decidí hablarle.
«¿Tostig no se va contigo?»
Cuando el alboroto de ayer hubo terminado, todos cayeron en la cuenta de que Freya…
## Posfacio
Estoy profundamente fascinado por la diversidad de la novela de misterio. De entre todos sus estilos, lo que más me asombra son, por así decirlo, los escenarios especiales. Son como una bola curva imposible de prever.
En El hombre que murió siete veces, de Yasuhiko Nishizawa, un mismo lapso de tiempo se repite una y otra vez; en La muerte del muerto viviente, de Masaya Yamaguchi, el difunto camina con la cabeza bien alta. El asesinato del ángel, vigilado por ángeles; El detective muerto, de Shinichi Tsuji, ambientado en el inframundo. En Demasiados magos, de Randall Garrett, la magia lo inunda todo. Esos libros introducen una lógica distinta de la del mundo cotidiano y construyen la novela de misterio ateniéndose a esa lógica particular. Si eso es posible, ¿qué no lo sería? Animado por ello, hacia 2001 empecé a consultar materiales antiguos y a escribir una novela larga.
Para escribir una novela de misterio de escenario especial, ¿qué materia elegir? Por entonces escogí el mundo de la espada y la magia, del que algo sabía, y lo publiqué en la red. Fui escribiendo poco a poco el largo «volumen del problema» de la novela y solo ofrecía a los lectores la parte ya terminada. Así, con aquellos lectores, pocos entonces pero muy importantes, jugué a un juego de deducción.
La novela acabada resultaba aún torpe, pero gracias a aquella obra me afirmé en muchas cosas. Por ejemplo, en que un escenario especial hace resaltar con facilidad «el juego de ingenio con el lector», encanto originario de la novela de misterio. Al añadir al enigma que hay que resolver unas reglas que deben tenerse en cuenta, el punto en disputa se ve con mayor claridad.
Sin embargo, no pude ofrecer a los lectores de entonces el «volumen de la solución». Precisamente…