SUGAR DARK: La oscuridad enterrada y la muchacha

NOVEL · Español

SUGAR DARK: La oscuridad enterrada y la muchacha

SUGAR DARK: La oscuridad enterrada y la muchacha. Ilustraciones. Fuente: https://www.bilinovel.com/novel/502/114444.html. El conjunto de ilustraciones del texto original está incompleto.

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Section 1

## Ilustraciones

## Prólogo

Las estrellas que antes colgaban en lo alto del cielo habían desaparecido sin dejar rastro. En el cielo lejano del este se alzaba una franja de luz blanca, y el bosque envuelto por el velo de la noche empezaba a revelar sus colores. No quedaba tiempo. Un monstruo de aspecto anómalo y un muchacho se enfrentaban. De un lado, una criatura con forma de serpiente larga, cuyo cuerpo estaba hecho de innumerables espadas. Del otro, un muchacho empapado de su propia sangre. Y, sin embargo, quien parecía agonizar era el monstruo. El muchacho dio un paso con naturalidad. El monstruo forzó el cuerpo a moverse, y una de las espadas que lo formaban atravesó el pecho del muchacho. Aquello fue su última resistencia. El muchacho permaneció de pie junto al monstruo, ya por completo inmóvil, jadeando a bocanadas y aguantando el dolor que le nublaba la vista. Era un combate que ni siquiera merecía llamarse combate. Solo un acto de autosatisfacción llevado a cabo en lugar de «ella». Aún no era momento de descansar. Se puso la camisa que había escondido bajo tierra y empuñó la pala que había dejado junto a ella. El mango, ya familiar en su mano, le infundió valor, como si animara a su compañero. El muchacho echó a andar y fue dejando huellas rojas sobre el suelo de barro. Los pasos le pesaban, como si algo tirara de él, y la lentitud de sus propios movimientos lo impacientaba. Cuando por fin llegó junto a aquella tumba, se detuvo y, al mismo tiempo, empezó a blandir la pala. Apenas había cavado unos golpes cuando arrojó la herramienta a un lado, cayó de rodillas y se puso a escarbar la tierra con las manos, como un topo. Las yemas de los dedos tocaron unos cabellos castaños que asomaban de debajo del suelo. En aquel hoyo, la muchacha dormía como si estuviera muerta, y en sus mejillas dignas de lástima aún se veían varias huellas de lágrimas. Y desde…

## Hole:1 GRAVE DIGGER

1 Bajo los pies, el tacto era el de un barro blando y húmedo; junto al oído llegaban el roce de las ramas y el canto de los pájaros. Aunque tenía los ojos vendados, supo al instante que el lugar donde lo habían hecho bajar quedaba junto al bosque. Liberado del hedor de la vieja capota de cuero del furgón de traslado, llenó los pulmones de aire fresco, y para el muchacho aquella sensación fue como un postre delicioso. Ni siquiera antes de que lo capturaran lograba recordar cuándo había sido la última vez que había respirado un aire tan dulce. Pero, en el preciso instante en que quiso inspirar más hondo, recibió por la espalda una patada brutal. «Andando, prisionero número 5722.» Al oír que lo llamaban por su «nombre», el muchacho obedeció y avanzó. Su estatura superaba con creces la media y su complexión era bastante robusta; si uno se fijaba solo en la sombra que proyectaba sobre el suelo, tenía todo el aspecto de un adulto. Pero la comisura de los labios, la piel lisa y tostada por el sol, y el vello aún escaso decían con claridad que seguía siendo un muchacho. (¿Dónde estoy? ¿Adónde se supone que voy ahora?) El muchacho murmuró, inquieto. En el centro de internamiento le habían vendado los ojos y después lo habían llevado varias horas en el furgón de traslado, y nadie le había dicho cuál era el destino. Tampoco pensaba preguntar: sabía de sobra que, si lo hacía, solo obtendría una respuesta evasiva o unos cuantos golpes en la cabeza. Caminar con los ojos tapados resultaba penoso. Aun así, el camino era más llano de lo que había imaginado. Al no poder fiarse de la vista, los demás sentidos se esforzaban más que de costumbre por explorar la información del entorno. En las esposas iba atado…

## Hole:2 GRAVE KEEPER

1 Aquella canción era mala de verdad, y no de un modo corriente. Blandiendo la pala, Muoru cantaba solo. La melodía sonaba a canción militar, pero también a alguna de esas canciones populares que había oído un par de veces en la radio. Como no tenía público, el cantante que la interpretaba se tomaba todas las libertades: no solo desafinaba a lo grande, sino que se inventaba la letra de cabo a rabo, hasta convertirse él mismo en una máquina de hacer ruido. El volumen era alto, pero al final no hacía más que perderse en un cementerio donde no había nadie. Quizá para aliviar el hastío de aquel trabajo físico que no se acababa nunca, el muchacho cantaba así mientras cavaba. Tenía la sensación de haber vuelto a los días de antes —aunque, en realidad, solo hacía cosa de un mes—, y el ánimo se le despejaba. Si algo echaba en falta, serían unos camaradas que le corearan y, también, el casco de acero. La pala se había quedado un trecho más corta y al cuello le habían puesto un collar; a ambas cosas ya se iba acostumbrando. Ahora, en cambio, empezaba a inquietarle la sensación de no llevar nada sobre la cabeza. (¿Habrá alguna forma de conseguir un casco de acero…?) Aquello no era un objeto indispensable para vivir en un cementerio que, a primera vista, parecía pacífico. Además, si de lo que se trataba era de protegerse de aquella clase de monstruos, un simple casco de acero seguramente no bastaría. Pero a Muoru aquel equipo de protección le gustaba sin motivo alguno. Cuando él y los jóvenes soldados de su misma leva tocaron un fusil por primera vez, él había mirado con frialdad a los compañeros que, solo por haber puesto la mano en un arma, ya se ponían a soñar con ser héroes. Y, sin embargo, el día en que les repartieron los cascos de acero, fue él quien se quedó tan prendado que hasta dormía con el suyo puesto. Desde entonces, sobre todo durante las operaciones, aunque en un radio de diez kilómetros ya…

## Hole:3 GRAVE ROBBER

1 En la trampa honda que había cavado el topo. Había encajado a un tipo extraño cuyo aspecto parecía el de un niño. …Había recibido el casco de acero de manos de aquel tipo, y hacer esto era, en el fondo, pagar un favor con una traición. Pero no era momento de andarse con escrúpulos sobre los medios: el tiempo ya no alcanzaba. ¿Cuánto más podría aguantar Melia? ¿Hasta qué punto podría su espíritu soportar el dolor? En este mundo no existía herramienta alguna capaz de medir esa respuesta, así que nadie podía saberlo… No: aunque de verdad existiera, tampoco haría falta usarla. Bastaba con que él no volviera a dejar que ella sintiera aquel sufrimiento. «Bien. Ahora vas a confesar como es debido.» Muoru interrogó a Karasu, encajado en el hoyo. «Para empezar… dime qué clase de persona eres en realidad. La máscara que me enseñaste la primera vez que nos vimos era falsa, ¿verdad?» «Nada de eso.» Karasu alzó la vista hacia el muchacho. Sobre aquel rostro andrógino, inocente y sin malicia, llevaba una máscara blanca que había sacado de algún sitio. «Mira, es de verdad. Porque me la dio un amigo de los “cazadores”.» «…Ah. O sea, que tú no formas parte de esos “cazadores”.» «Tu intuición es más afilada que cualquier garra, señorito Mogura.» Karasu se quitó la máscara, habló con el mismo tono frívolo de siempre y se encogió de hombros. «Perdona por la parte en la que te engañé. Pensé que así nos sería más fácil hablar… Porque explicar cuál es mi posición es, la verdad, un po…»

## Epílogo

Encantado de conocerlos. Soy Arai Enji. A quienes hayan leído este *SUGARDARK*, gracias. Cierto escritor a quien respeto dijo una vez: «Un epílogo es, por completo, algo que sobra, como pintarle patas a una serpiente». Pero no pretendo poner en práctica las palabras de ese veterano. Ya que se presenta la ocasión, quiero aprovechar este epílogo para contar «por qué quise escribir una historia sobre un cementerio»: precisamente ese tipo de cosa que sobra por completo. A quienes aún no hayan leído la historia propiamente dicha les diré que en este epílogo no debería haber ningún gran spoiler (o eso creo). Si no les molesta, sigan leyendo. El desencadenante inicial, para ser sincero, es un poco vago. Por entonces aún llevaba el uniforme de estudiante y estaba de pie en la sección de revistas de videojuegos de una librería de Takadanobaba, leyendo sin comprar. El nombre del juego y su contenido casi los he olvidado por completo. Solo recuerdo que, en un reportaje sobre un juego que en aquella época ya resultaba bastante retro, vi a un personaje jugador masculino, una momia dibujada en píxeles. Y en la casilla de la clase de aquel personaje ponía «guardián de tumbas». Sí: guardián de tumbas. Así que era eso: el guardián de tumbas, igual que el «guerrero» o el «mago», podía ser una clase dentro de un juego… …Ese pensamiento me cruzó la cabeza entonces. Para entonces yo ya había empezado a crear mediante la escritura, y precisamente me angustiaba no tener ideas que usar (en realidad, ahora me pasa lo mismo). Aquella inspiración que había saltado desde un rincón de la cabeza había que cuidarla costara lo que costara. Tomando la palabra «guardián de tumbas» como palabra clave de partida, empecé a delirar. Si iba a hacer aparecer a un guardián de tumbas, entonces sería indispensable…

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