Symphonic Rain: El libro de las hadas

NOVEL · SECTION 01 OF 01 · Español

Symphonic Rain: El libro de las hadas — Section 1

Una hada anciana reunió a un grupo de hadas jóvenes y comenzó a contar una historia. «Érase una vez un hada que no podía volar.» Al compás de una melodía serena, la anciana entonó el primer compás. Era un cuento de hadas tejido en una canción y narrado pasaje a pasaje mientras se cantaba. Los niños, al oír la canción por primera vez, escuchaban en silencio, llenos de entusiasmo. La hada anciana esbozó una leve sonrisa y continuó. Érase una vez…

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Section 1

## El hada que no podía volar

Había un hada anciana que reunió a un grupo de hadas jóvenes y empezó a contar una historia. «Érase una vez un hada que no podía volar.» Al compás de una melodía serena, la anciana entonó la primera estrofa. Era un relato de hadas en el que la historia iba tejida en la canción, y cada pasaje se narraba mientras se cantaba. Los niños, ilusionados al oír aquella canción por primera vez, escuchaban en silencio. El hada anciana esbozó una leve sonrisa y continuó. Érase una vez un hada que no podía volar. Aquella hada se llamaba Fata. En la espalda de Fata había un par de hermosas alas transparentes y luminosas. Pero aquellas alas no eran como las de las demás hadas: tan diminutas, tan livianas, que parecían de juguete. Fata siempre era objeto de burlas por esas alas. «¡Vaya, el hada que no sabe volar!» «¡Anda, volemos juntos!» Ante aquellas palabras descuidadas de las hadas, Fata siempre respondía con una sonrisa. «Perdón. El día en que mis alas crezcan un poquito más, volemos juntos.» El día de Fata empezaba arrastrando su cuerpo pesado fuera del lugar donde dormía. En la habitación excavada con cuidado en la parte curva del tronco de un árbol había muebles hechos con la madera que se había vaciado. Solo con bajar de la cama cubierta de paja, Fata ya se quedaba sin aliento y tenía que descansar un momento. Luego, bajo la luz encendida por la magia y el sol que entraba por la ventana, Fata empezaba a cocinar una crema con los frutos que sus amigos habían recogido. En el de…

## El libro de las hadas

«Esa hada no vuela.» La mano de Yaliyeda, que pasaba las páginas con un suave golpeteo, se detuvo. En realidad no leía el libro con mucha atención; solo que la ilustración de aquel relato breve, en la que aparecía un hada menuda y adorable, había atraído su mirada sin que ella supiera muy bien por qué. Aquella hada tenía en la espalda unas alas diminutas que desprendían un tenue resplandor, y no se parecía en nada a las hadas mencionadas al principio del libro. Yaliyeda volvió unas páginas atrás para comprobar las ilustraciones de hadas de los demás relatos breves, y enseguida comprendió que aquella historia era, en realidad, el tema que recorría todo el libro. «…¿Qué clase de hada será, al fin y al cabo?» Yaliyeda murmuraba para sí y empezó a leer el texto que seguía. Justo cuando iba por la mitad de aquel libro, que reunía diversos relatos breves sobre hadas, y cuando en su interior empezaba a afianzarse la certeza de que las hadas existían, apareció precisamente aquel cuento. En el mundo que los humanos no pueden ver ni sentir; en una época muy anterior a la de ahora, cuando el mundo aún estaba lleno de magia, las hadas existían de verdad. Aunque no eran muchas, de vez en cuando aparecía algún humano capaz de verlas, les ponía nombre y dejaba así testimonio de que habían existido. En los demás relatos, la historia de las hadas solía contarse más o menos de ese modo. Pero aquel relato breve se limitaba a narrar, en el mundo donde vivían las hadas, los pequeños aconteceres de una hada llamada «Fata». Yaliyeda cerró el libro de pronto y entró en el horno del que se escapaba, leve, el aroma del pan tostado. Parecía que la masa…

## El día en que empezó a llover

El piano de juguete emitía una melodía desafinada que no llegaba a ser música. Aunque se trataba de un piano viejo y pequeño que nunca se afinaba, la desafinación no se debía solo a eso. Quien tocaba debía de ser Doruda. La técnica de Doruda al piano no alcanzaba la altura de su canto, pero, si se recordaba que había estudiado el piano durante mucho tiempo para acompañar las canciones, cabía suponer que no podía tocar tan mal. Y, sin embargo, en aquel momento el sonido de su piano resultaba imposible de escuchar. «…Yali.» Doruda lo murmuró con la voz quebrada, no muy lejos del borde de la cama, al parecer de espaldas a mí. La razón de que yo estuviera allí, la razón de que Doruda llorara y, además, la razón de que Kurisu me hubiera olvidado. «Hermana.» Todo había empezado aquel día… «…Yali… Yaliyeda.» Kurisu me llamaba así, y yo ya había perdido la cuenta de las veces. A nuestras espaldas, mucha gente rodeaba el coche incendiado. Y la lluvia, que había empezado a caer en algún momento, nos golpeaba en silencio a Kurisu y a mí. «Yaliyeda…» Kurisu lo repetía una y otra vez. La gente no dejaba de acercarse; algunos incluso le hablaban, pero Kurisu no reaccionaba en absoluto: solo acariciaba en silencio mi mano, mi espalda, mi mejilla. Los dedos le temblaban. Quizá nadie entre quienes lo rodeaban comprendía el sentido de aquel gesto, pero al menos debían de entender con qué sentimiento lo hacía: un dolor muy hondo. Yo solo contemplaba todo aquello desde lejos. Los sentimientos se me habían embotado, y la sorpresa y la tristeza se volvían cada vez más déb…

## El hada del sonido - Fuling

Un día de lluvia fría. Llevaba tres días en aquella ciudad y la lluvia seguía sin parar. Era de esperar, porque aquella ciudad se llamaba desde antiguo «la Ciudad de la Lluvia», y el conservatorio en el que yo iba a estudiar también llevaba ese nombre. Bastaba caminar un rato fuera para quedar empapada de pies a cabeza; las gotas caían una a una desde las puntas del pelo. Al volver a la habitación, que aún no había ordenado, lo primero era sacar la toalla para secarme el cuerpo. Al llegar a la ciudad, lo propio habría sido deshacer enseguida el equipaje y dejar la habitación en orden; pero quizá el largo viaje en tren me había dejado el cuerpo destrozado, y acabé teniendo que quedarme a reponerme en casa de la abuela Lina. Aunque la temperatura era más alta que en mi tierra, después de un viaje tan largo y de haberme mojado era fácil caer enferma. Eso mismo decía la abuela Lina. Pasé dos días enteros en casa de la abuela Lina recuperándome, y solo entonces llegué por fin a la habitación en la que iba a vivir los tres años siguientes. «…Qué frío.» Lo murmuré para mí mientras entraba en la habitación. Me habían dicho de antemano que había muebles y aire acondicionado, así que decidí encender primero la calefacción. Aunque hacía rato que había pasado el mediodía, el interior seguía en penumbra. ¿Sería porque las nubes cubrían el cielo en capas? Parecía que el sol no llegaba hasta allí. Cuando por fin encontré el interruptor de la calefacción, lo encendí enseguida. Si el cuerpo seguía así de empapado, el resfriado podía volver. Entre el equipaje desperdigado encontré el paquete en el que iban la ropa y las toallas. Me quité la blusa y me cambié de ropa. Luego me sequé el cuerpo con una toalla limpia y, por fin, la calefacción…

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