Un huésped nuevo en la vieja casa

NOVEL · SECTION 01 OF 01 · Español

Un huésped nuevo en la vieja casa — Section 1

La casa de los Gu, en el Callejón del Pozo, lleva días dejando pasar la lluvia. Gu Wanheng, de treinta y dos años, custodia la escritura y el camino del pozo que comparte el callejón. Pei Xingzhi, de treinta y cinco, llega por encargo de un tío de su clan para revisar las cuentas y reparar la casa, pero en los libros sigue pendiente un viejo jornal de cantería. Si el pabellón del este puede tocarse, y si la casa aún puede conservarse: desde el primer día, ninguno de los dos cede.

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01 / 01

Section 1

La casa vieja, el huésped nuevo

Relato original · Creación y revisión asistidas por IA · +18

Esta historia es ficción. Todos los personajes involucrados en la relación amorosa son adultos ficticios mayores de veinticinco años, sin parentesco entre sí.

Capítulo I. Medio carácter de «pozo»

El diecisiete de septiembre, la lluvia se colaba por las tejas rotas del ala este y caía justo sobre el libro de cuentas abierto. Gu Wanheng lo cubrió con la manga; la esquina del papel ya se había empapado de negro. Fuera, la argolla de cobre sonó dos veces, se detuvo y volvió a sonar.

Ella recogió el libro contra el pecho y abrió la puerta. Bajo el alero había un hombre alto y delgado, el paño azul calado de agua. En una mano llevaba un rollo de herramientas; en la otra, una carta envuelta en papel encerado. Al hombro cargaba un palo de abeto. Al ver la tinta en el puño de su manga, dijo sin preámbulo:

—Aparta primero las cuentas. Si esta viga pasa otra noche empapada, mañana ya no será remendar tejas: habrá que cambiarla entera.

—¿Quién eres?

—Pei Xingzhi, treinta y cinco años. El tío Gu Bonian me encargó revisar las cuentas y, de paso, mirar la casa. —Le tendió la carta—. El jornal se anota por días: se repara hasta donde se escriba. El clan quiere decidir antes de Escarcha Descendente si esta casa se vende o no. El día diecinueve por la mañana estarán todos.

Gu Wanheng no tomó la carta. Tenía treinta y dos años. Desde la muerte de su padre, Gu Jingshan, ella administraba la casa. Había abierto muchas veces las cartas del tío del clan; casi siempre eran para apremiar la venta.

—La casa está a mi cargo —dijo—. De repararla se puede hablar. El libro de cuentas no sale de aquí. Hoy nadie sube al ala este.

Pei Xingzhi apoyó el palo de abeto en el escalón de piedra y lo golpeó una vez. El sonido salió hueco.

—La viga del ala este ya está vacía por dentro. Aunque no dejes subir a nadie, la lluvia subirá sola. Llevo doce años en obras. Ese sonido lo entiendo.

La tía Song salió del salón principal con una bacía de madera para recoger el agua. El borde chocó contra el umbral y el agua se derramó en una línea.

—Señora —gritó—, también gotea sobre la caja de la escritura. Puse el hule con ladrillos encima, pero el viento sigue metiéndose por las rendijas.

Solo entonces Gu Wanheng se apartó medio paso. Pei Xingzhi no fue hacia la mesa de cuentas. Siguió el rastro del agua hasta el ala este. La caja de la escritura estaba en la mesa alargada bajo la ventana. El hule cubría solo la tapa, y por la juntura se había filtrado una franja oscura. Él alargó la mano para levantarla. Ella le sujetó la esquina.

—No toques la escritura.

—Levanto la caja, no abro el documento. Si la escritura se empapa, lo primero que se pierde son los linderos.

En el callejón pasó alguien con el agua al hombro. El cubo golpeó la pared: un tintineo. Gu Wanheng soltó la mano. Él llevó la caja a la esquina más seca de la mesa de cuentas del salón y volvió al ala este. Con el palo de abeto apuntaló la viga que sonaba y calzó el pie con un ladrillo. Apretó la cuña.

—Solo aguantará esta noche. —Se pasó la mano por la cara—. Si de verdad hay que reparar, habrá que levantar las tejas de la vertiente este y sacar la viga podrida. La madera vieja aún se vende; puede cubrir parte del jornal.

—El ala este no se desarma.

—Hablo de cambiar la madera podrida, no de derribar la casa.

—Cambiar la madera es mover el muro del alero. Si se mueve ese muro, se desordena el lindero del camino del pozo. —Llevó el libro húmedo a la cocina y fue separando las hojas junto al fuego—. El salón principal puedes repararlo. Las cifras que te corresponden, puedes revisarlas. Las tejas del ala este, mientras yo no dé el visto bueno, no se levanta ni una.

Pei Xingzhi miró la hoja junto al fuego. La tinta se había corrido; solo quedaban firmes dos caracteres: «obra de piedra». Ya no discutió. Dejó el rollo de herramientas por dentro del umbral, se sentó en el taburete más alejado de la mesa y sacó un cuadernillo personal. Escribió: diecisiete de septiembre, llegada a la casa. Viga este apuntalada de momento. La dueña no permite levantar tejas. Cuentas el diecinueve.

Del papel subió poco a poco un vaho blanco. Gu Wanheng sujetó aquella hoja con un pisapapeles: una lasca de piedra a la que le faltaba una esquina. En el reverso estaba grabada la mitad del carácter «pozo».

Capítulo II. Veintidós dan de arroz

El dieciocho de septiembre la lluvia amainó, pero la casa seguía húmeda. Pei Xingzhi ordenó los libros mojados por años y pidió a Gu Wanheng que se sentara enfrente. La tía Song calentaba agua frente al fogón.

La partida de la obra de piedra databa de once años atrás: reparar el brocal del pozo y levantar los cimientos del muro del alero este. Materiales y jornal, cuarenta y ocho taeles, a nombre de Liu Dashi. La columna de lo pagado estaba en blanco. Fuera del margen solo había tres puntos de tinta clara, sin firma.

—Once años en blanco. —Pei Xingzhi golpeó los tres puntos con el nudillo—. Con cuarenta y ocho taeles pendientes, vender la casa entera tiene pretexto.

Gu Wanheng volvió del revés la hoja vieja de una puerta que estaba detrás de la boca del fogón. En el dorso, hilera tras hilera de marcas de cuchillo, unas profundas y otras someras.

—El arroz de la familia Liu lo tallé aquí. Dos dan cada otoño, once años en mis manos: veintidós dan. No entraron en el libro.

—¿Por qué no?

—Si entran, quedan como pagados. —Miró aquellos puntos de tinta clara—. Mi hermano mayor, Gu Cheng'an, acordó con Liu Dashi que el jornal se compensaría con el almacén del oeste y que el camino del pozo quedaría para que todo el callejón sacara agua. Se dijo, el borrador no se terminó, y él murió. Si yo convierto el arroz en plata y lo anoto, el clan lo tomará por deuda saldada y enseguida apremiará la venta del lado este.

Pei Xingzhi le acercó su cuadernillo y atrajo el ábaco.

—Si el arroz no entra en cuentas, los cuarenta y ocho taeles son la deuda íntegra. Gu Bonian usa la deuda íntegra para hablar de venta íntegra. Veintidós dan, al precio viejo del arroz que va intercalado al final del libro: siete qian por dan, quince taeles y cuatro qian. Restados, quedan treinta y dos taeles y seis qian. Esa cifra se puede reconocer en público. El arroz cuenta solo como pago provisional; la deuda sigue pendiente y el camino del pozo no se escribe dentro de lo que se vende.

Las cuentas del ábaco se detuvieron. Gu Wanheng dijo:

—Liu Dashi murió hace cinco años. El arroz se lo di a la señora Ruan. Al precio viejo, no es seguro que acepte.

—Por eso hay que lograr que acepte en persona. —Cerró el ábaco—. ¿Dónde está el borrador de tu hermano? Un papel con letras pesa más que una hoja de puerta.

Ella miró hacia el ala este. El palo de abeto seguía apuntalando la viga; el ladrillo del pie se había torcido el ancho de un dedo.

—En la caja de alcanforero, en el altillo del ala este. Lo bajo cuando termine de copiar las cuentas. Hoy no se levantan tejas.

—Lo que quiero es que, antes de terminar la copia, nadie vuelva a pisar esa viga. —Pei Xingzhi bajó la cabeza y copió. El pincel estaba seco; la letra, pesada—. La gente del diecinueve ya está citada. Si esta noche vuelve a llover fuerte, este palo no aguanta. Dejar el borrador en el altillo es apostar esas pocas líneas al tiempo.

—El borrador no es para que lo vea el clan. —Gu Wanheng apoyó de nuevo la hoja de la puerta junto al fogón, con las marcas hacia la pared—. Mi hermano lo dejó a medias. Dentro hay frases contra las cuentas del clan. Si lo saco, es como convertir sus palabras privadas en prueba.

—Las frases de insulto pueden no copiarse. —Él no levantó la cabeza—. Hay que conservar las dos del lindero y del jornal. Si no las conservas, mañana Gu Bonian solo verá la columna vacía de los cuarenta y ocho taeles.

El agua hirvió. Al destapar, el vapor empujó a la tía Song hacia atrás. De pronto dijo:

—Señora, el año pasado, cuando la señora Ruan recibió el arroz, dijo que su marido le había encargado que el dinero podía esperar, pero que el callejón no se tapara. Yo lo oí. Lo que se oye no está en el papel.

Gu Wanheng puso arriba la hoja de la «obra de piedra». Cuando Pei Xingzhi terminó de copiar la última columna, el cielo ya raspaba la oscuridad. El palo de abeto crujió. Ella señaló la portería: había una estera; el aceite de la lámpara, cada uno el suyo. Él trasladó el rollo de herramientas. Al ala este no entró ni un paso.

Capítulo III. El borrador se deshizo

De noche el viento cambió de rumbo. La lluvia pasó a caer a plomo sobre las tejas del ala este. Al primer crujido de rotura, Pei Xingzhi se incorporó en la estera de la portería. Sin esperar la lámpara, agarró cuerda y martillo y corrió hacia el ala este.

Gu Wanheng también despertó. No fue por la cuerda. Arrastró un taburete para alcanzar el altillo. La caja de alcanforero estaba al fondo del entrepaño; delante, cubiertas viejas de libros y un manojo de artemisa seca.

—Baja primero —gritó Pei Xingzhi desde la puerta—. El palo se está yendo.

—Primero saco la caja.

—Primero aléjate de esa pared.

Las dos frases chocaron. Él entró de un paso para sujetar el palo de abeto. El ladrillo del pie ya se había partido bajo la presión; la cabeza del palo resbalaba sobre la viga. Ella, de pie en el taburete, acababa de enganchar con los dedos el borde de la caja.

El segundo golpe fue más hondo. Dentro del muro del alero se partió una viga hueca. Cayeron juntos el polvo y la madera astillada. El taburete se torció y Gu Wanheng cayó junto al umbral. Pei Xingzhi soltó la cuerda, le agarró la manga y la llevó hacia fuera. Una tabla del alero se estrelló donde ellos acababan de estar: la talla hacia abajo, partida en dos. El dibujo era una enredadera rodeando el brocal del pozo. El corte estaba blanco como la nieve. No había manera de unirlo.

La lluvia entró por el agujero nuevo. La caja de alcanforero se rajó al caer y el papel se empapó en el barro. Gu Wanheng se arrodilló a recogerlo. Al levantarlo, se deshacía. Extendió bajo la lámpara del salón los pocos trozos que aún podía sostener en las manos.

Quedaba media línea: «Tres cuartos del almacén oeste…». Más abajo la tinta se había abierto. En otro fragmento, al tocar «camino del pozo», los granos de los caracteres se pegaron a la huella del dedo. La caja entera quedó en un montón de borra oscura.

Pei Xingzhi aún tenía el martillo en alto. Las manos, llenas de polvo. Miró los dos trozos de la tabla del alero y luego la borra.

—Fui a apuntalar el palo. Llegué tarde.

—Fui a sacar la caja. También llegué tarde. —La voz se le había quedado ronca—. El día diecisiete había que cambiar el palo por un puntal de verdad. Yo no dejé levantar las tejas; tú te apañaste con un abeto. Esta noche la hemos arrastrado los dos.

Él no se defendió. En la mesa de cuentas del salón seguía abierto el libro de jornales, copiado a medias, sujeto por la lasca de piedra. El borde estaba seco.

Gu Wanheng reunió la borra de papel en la caja rota. La tapa no cerraba. La ató con una tira de tela y la dejó a la derecha de la mesa. Miró un instante el hogar y no acercó la caja.

—¿El diecinueve sigue en pie?

—Sigue. —Se limpió el barro de las manos—. El borrador ya no está. Las marcas de la puerta siguen. Los números que copiaste siguen. Si la señora Ruan quiere venir, que lo diga en persona.

Por el boquete del ala este seguía entrando el viento. Pei Xingzhi ya no usó el palo de abeto que se había deslizado. Apuntaló en diagonal el alero dañado con las dos hojas de puerta caídas del ala este y las lastró debajo con la muela de piedra. La tía Song la había hecho rodar desde la cocina. Una vez firme, el agujero seguía filtrando, pero ya no caía madera.

Cuando iba a clarear, Gu Wanheng escribió una línea en el blanco de una página de cuentas: noche del dieciocho de septiembre, se parte la viga este, se rompe la tabla del alero, se destruye el borrador de Cheng'an. Le pasó el pincel a Pei Xingzhi. Él escribió detrás su propio nombre. El último trazo se filtró en el papel húmedo y se abrió.

Capítulo IV. La huella en el acto

La mañana del diecinueve dejó de llover. Gu Bonian entró primero. Detrás, el encargado Qian, de la casa de papel; la señora Ruan, y el viejo Zhou, el que acarreaba el agua. El boquete del ala este estaba apuntalado en diagonal con las hojas de la puerta. Pei Xingzhi extendió sobre la mesa del salón el libro de jornales y el cuadernillo, y empezó por los números.

—Hace once años Liu Dashi reparó el brocal del pozo y levantó los cimientos del muro del alero este. Materiales y jornal: cuarenta y ocho taeles. La columna de lo pagado está vacía. Gu Wanheng entregó cada otoño dos dan de arroz, once años, veintidós dan. Al precio viejo del final del libro, siete qian por dan: quince taeles y cuatro qian. Quedan por pagar treinta y dos taeles y seis qian. El arroz cuenta solo como pago provisional. El resto de la deuda, hasta hoy, no está saldado.

Gu Bonian golpeó la mesa.

—Lo que no entró en el libro no cuenta. Con los cuarenta y ocho taeles de pérdida, solo queda limpio vender juntos el ala este y el camino del pozo.

Gu Wanheng puso de pie, ante todos, la hoja de puerta marcada a cuchillo.

—La falta fue mía, por no escribirlo. El arroz llegó. La tía Song iba cada año.

La señora Ruan, de cuarenta y nueve años, solo habló después de pasar la mano por las marcas.

—Mi marido me encargó que el dinero podía esperar y que el camino no se tapara. El precio viejo lo reconozco. Los treinta y dos taeles y seis qian los quiero. Y en el papel tiene que quedar escrito que el camino se reserva para todo el callejón.

El viejo Zhou dijo:

—Yo camino cada día esos cuatro chi por fuera del muro este. Si venden el muro, ¿contra dónde va a chocar el cubo?

El encargado Qian miró el boquete.

—Yo compro el almacén para guardar papel. No compro un pleito por el camino del pozo, ni quiero este ala este hecha pedazos.

Pei Xingzhi desplegó la escritura de la casa. El agua había calado el borde; la letra seguía:

—El camino del pozo queda fuera del muro del alero este, con el muro por lindero, cuatro chi de ancho, para que todo el callejón saque agua.

Volvió el cuadernillo. En el reverso había escrito antes: desarmar el ala este, vender la madera podrida y usar el abeto seco del patio oeste como viga del salón. Rodeó aquella línea con un círculo y escribió otra: el muro este no se toca; se venden los tres cuartos del almacén oeste; la madera de la vertiente norte se compra aparte.

—El abeto seco podía usarse sin coste. En cuanto se venda el cuarto, habrá que comprar madera nueva. La obra se pondrá justa. —Giró el círculo hacia Gu Bonian—. Si se vende el muro este, el lindero de la escritura se queda sin asiento. Este plan me lo obligó a cambiar esta escritura.

El encargado Qian puso precio: sesenta y cinco taeles por los tres cuartos del almacén oeste, con el solar. Fuera quedaban el camino del pozo, el muro este y el salón principal. Pei Xingzhi rebajó la cifra en el acto: treinta y dos taeles y seis qian para la señora Ruan; quedan treinta y dos taeles y cuatro qian. La reparación se declara en treinta y cuatro: solo se cambian la vertiente norte y la viga partida; el muro no se toca. Faltan un tael y seis qian.

Gu Wanheng miró hacia el armario de peral en el rincón del salón. Dentro estaban los edredones del invierno.

—El armario vale dos taeles. Las cubiertas viejas de los libros van con él. Los edredones se quedan.

El encargado Qian aceptó. Los cuatro qian que sobraban se anotaron como gasto menudo, para comprar cal y rejuntar.

La escritura de venta la redactó Pei Xingzhi. Gu Wanheng corrigió dos puntos: el camino del pozo no entra en lo vendido, y el muro del alero este es el lindero; los treinta y dos taeles y seis qian se pagan el mismo día, y la cuenta vieja de la obra de piedra queda saldada. Gu Bonian quiso añadir «el resto de la casa quedará en adelante a disposición del clan». Ella mojó el pincel y lo tachó: el resto seguía a su cargo y no se escribía en aquella escritura.

La señora Ruan mordió la plata y estampó la huella en el recibo. El viejo Zhou estampó la suya. Luego, el encargado Qian y Gu Wanheng. Pei Xingzhi solo escribió bajo la operación «cálculo sin error» y firmó. Gu Bonian fue el último. Medio pulpejo del dedo quedó manchado de pasta roja. Pei Xingzhi esperó a que secara la huella y dobló el papel de la escritura.

Capítulo V. La marca en el borde de la taza

A primera hora del día veinte, Pei Xingzhi alisó a cincel dos piedras viejas y las enterró en los dos extremos del camino, por fuera del muro del alero este. En la piedra solo iban cuatro caracteres: camino del pozo del callejón. El viejo Zhou pasó con los cubos vacíos al hombro. El borde del cubo quedó a un palmo de la piedra. Miró una vez y siguió adelante.

Gu Wanheng abrió la caja rota de alcanforero. La borra de papel seguía atada en la tela. Puso el envoltorio en el fondo y, encima, por este orden, la copia de la escritura de venta, el recibo de la señora Ruan y la escritura de la casa. La tapa no cerraba bien. Volvió a ceñirla con aquella tira de tela.

El armario de peral ya se lo habían llevado. En el rincón del salón asomaba un ladrillo del suelo más oscuro. Los edredones estaban enrollados sobre el catre. Ella los empujó hacia dentro y dejó sitio para escribir.

Pei Xingzhi entró con una hoja que él mismo había cortado. Leyó:

—Contrato aparte para la obra. Del veintiuno de septiembre al solsticio de invierno. Solo se cambia la viga y se reponen las tejas de la vertiente norte; en el ala este se cambia la viga partida y se sostiene el alero dañado. El muro este no se toca. Jornal diario: ciento veinte wen, liquidado por días. Duermo en la portería. La comida se anota aparte en el fogón de la tía Song. Si hay que parar, se avisa con tres días.

Gu Wanheng cambió un punto: la comida no se anota aparte; cada día se descuentan veinte wen del jornal. Pei Xingzhi rodeó «aparte» y escribió: «se descuentan veinte wen al día; se entregan de hecho cien». La punta del pincel dio un toque sobre las cifras.

—Esos veinte wen de la comida, contados con el arroz del fogón de la tía Song. Si no alcanzan, se añade un plato.

—No se añade —dijo Pei Xingzhi—. En el contrato de obra no está escrito añadir platos.

Y añadió:

—La cal y las tejas llegan por la tarde. Teja corriente, gris azulada. La tabla tallada del alero no se puede reponer con la enredadera de antes.

—Con que el agujero quede bien cerrado, basta.

Copiaron el contrato por duplicado. El de ella fue a la caja atada con la tira de tela; el de él, doblado dentro del cuadernillo. Al terminar, el ábaco quedó empujado a la esquina de la mesa.

Ella sacó del armario de pared un tarrito de estaño, dejado por Gu Cheng'an. Antes solo cogía una pizca cuando velaba. Aquel día cogió dos y vertió agua hirviendo en dos cuencos toscos.

—El contrato ya está escrito. —Le acercó un cuenco—. Este cuenco va por separado.

Pei Xingzhi apartó primero el cuenco. La tinta no estaba seca; el fondo habría aplastado la fecha. Gu Wanheng sujetó la esquina del papel con la lasca mellada, el medio carácter «pozo» hacia abajo.

Solo entonces él tomó el cuenco. El té era viejo, amargo. Los dos cuencos se vieron el fondo.

Los dos estuvieron un rato de pie bajo la vertiente norte del salón. Él midió con la vara la viga que había que cambiar. La marca vieja de la vara llegó hasta la pared, y con carbón trazó una raya en la columna.

—La madera nueva se corta según esta raya. El sobrante se guarda para remendar el ala este. No se abre otra cuenta.

Pei Xingzhi apoyó la vara en el rincón de la pared de la portería.

—Voy a la boca del callejón a esperar el carro de las tejas. Esta noche duermo, como siempre, en la portería. Mañana, a la hora mao, subo a la vertiente norte. Las medidas, según el contrato.

Gu Wanheng puso el cuenco vacío boca abajo sobre el borde de la bacía. El agua que quedaba goteó dentro y sonó dos veces. Caminó hasta el boquete del ala este y enderezó medio cun el cubo que recogía el agua. La gota siguiente cayó justo en el centro, y abrió un pequeño círculo en el agua turbia y gris.

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