El jinete sobre el lomo del dragón

NOVEL · Español

El jinete sobre el lomo del dragón

# El jinete sobre el lomo del dragón ## Presentación de personajes > https://www.bilinovel.com/novel/331/27496.html Caim — El pactante, antaño príncipe de un pequeño reino. Tras la muerte atroz de sus padres, el fuego de la venganza le llena el corazón. Su único vínculo es su hermana menor, Furiae. El Dragón Rojo (Red Dragon) — Ser con el que Caim selló el pacto. Ante los humanos ostenta una superioridad indescriptible y habla con sorna, pero en el momento decisivo resulta imprescindible. Furiae — Hermana menor de Caim. Designada nueva Diosa del Sello, la joven que será años después y la que fue…

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## Presentación de los personajes

Caim: el pactante. Antiguo príncipe de un pequeño reino. Tras la muerte atroz de sus padres, el furor de la venganza le llena el corazón; su único vínculo es su hermana furies.

Dragón Rojo (RedDragon): el ser con quien Caim selló el pacto. Ante los humanos siente una superioridad inefable; su habla es sarcástica, pero en los momentos decisivos resulta de gran ayuda.

furies: la hermana de Caim. Nombrada nueva diosa del sello, al cabo de unos años parece otra persona por completo.

Inuart: amigo de la infancia de Caim y de furies; crecieron juntos. Ama profundamente a furies.

Leonard: pactante que ha perdido la vista. Ermitaño de carácter noble y modales corteses. Padece, sin embargo, una inclinación por los niños varones, y ese impulso lo atormenta.

Verdelet: sumo sacerdote encargado de velar por la diosa guardiana; también es un pactante. Intenta conmover a quienes lo rodean con una apariencia de compasión.

## Capítulo I. El alma que llama a la sangre

1 Con las alas resplandeciendo, un ave enorme danzaba en el aire.

Una nube tenue flotaba en el cielo azul; al alzar la vista, cada rumbo se abría inmenso. Era hermoso, como si no perteneciera al mismo mundo que el paisaje justo debajo. Ni los alaridos que se alzaban y caían, ni la espuma cargada de niebla de sangre, alcanzaban a manchar un solo rincón; el polvo que se levantaba a su antojo tampoco lograba velar aquella visión privilegiada.

Como si se burlara de los humanos en tierra, el ave no tardó en trazar un giro pausado y desaparecer.

—¡Infantería al frente!

En tierra, sin embargo, nadie advirtió el paso del ave por lo alto. Lo único que miraba al cielo eran cadáveres despedazados.

—¡Señor Caim, tenga mucho cuidado!

Gritaba un soldado ya algo mayor para el campo de batalla, y quien le respondió fue un hombre relativamente joven.

—¡No temáis! ¡Al ataque!

Pese a su edad, su porte era el de quien lleva mucho tiempo habituado al combate. En el manejo de la espada no había ni un instante de vacilación: abatía y masacraba al enemigo sin piedad. Luego, de una patada, apartó el cadáver que se había desplomado y siguió cargando. El frente, no obstante, quedó bloqueado por la muchedumbre que se le echaba encima; por mucho que se afanara en cortar y matar, los soldados enemigos seguían cerrándole el cerco desde todas partes.

—¡Los refuerzos enemigos irrumpen por la retaguardia!

No tuvo tiempo de atender aquel grito. Apretó la espada y no dejó de blandirla ni un instante.

—¡Son demasiado fuertes! ¡Esos tipos ni siquiera parecen humanos!

Una voz parecida a un lamento…

## Capítulo II. El ángel que devora la sangre

1 No era un suceso fortuito. Aquel día tenía que llegar. Todos en la aldea lo habían previsto desde que corrió el rumor de que soldados de terribles ojos rojos empezaban a invadir los reinos y de que un grupo misterioso, autodenominado «Iglesia de los Ángeles», se había asentado en el valle cercano.

De este lado ya estaban preparados del todo. Los elfos eran, de origen, una raza apacible que detestaba la contienda y jamás atacaría primero a otra nación; otra cosa era sufrir una invasión. Frente a cualquier país, no consentían que se les violara el territorio: todos los aldeanos, mujeres y niños incluidos, se unían y entraban en combate. Si el principio que sostenían ante las naciones vecinas era la neutralidad perpetua, aquello era lo natural. Quienes nacían en una aldea élfica recibían la educación en las armas antes que la de los libros.

Por eso, cuando el marido empuñó el arco, dejó un breve «al bosque» y se marchó, Ariosh no se dejó llevar por el pánico. Entendió que quería decir: «Huid al corazón del bosque; nosotros defenderemos los dos puentes; los niños quedan a tu cargo». Se apresuró a tomar la espada de siempre, se la ciñó a la cintura e hizo que su hija, todavía pequeña, empuñara bien el arco.

Aun así, Ariosh no pudo evitar pensar que ojalá aquello hubiera ocurrido al menos medio año más tarde. La niña acababa de empezar a practicar el tiro con arco; derribar a un enemigo quedaba lejos, y ni siquiera estaba claro que pudiera protegerse a sí misma. Ella misma estaba encinta, y combatir le suponía más de un estorbo. Si al menos pasara medio…

## Capítulo III. Los guerreros bajo el cielo sombrío

1 «Hace mucho, mucho tiempo, en un lugar lejano, había un soldado muy, muy pequeño y muy valiente. El soldadito bebió hasta la última gota del agua del tiempo y durmió en la cueva del mundo, y así conservó para siempre un cuerpo joven y poderoso. Tras una larguísima sucesión de años, casi eterna, cuando el mundo quedó teñido de sangre, el soldadito despertó.

»¡Ahora es el momento de entregar mi vida!

»Con aquel cuerpo que había bebido las gotas del tiempo, el soldadito corrió hacia el fin del mundo. Después envejeció, se debilitó y no tardó en morir. Pero el tiempo eterno del soldadito creó para el mundo una vida nueva… Vaya, ¿ya te has dormido?»

Acarició con ternura el rostro del niño que se había quedado dormido en el hueco de su brazo, lo alzó con suavidad para no despertarlo y lo dejó en la cama.

—Mi niño querido…

(Tesoro en quien se refleja el rostro de mi amado Rosier.) Lo recitó en silencio, para sí.

(Estas cejas, esta comisura de los labios: es como si lo hubieran sacado del mismo molde. Qué adorable es de verdad…)

Contemplaba absorta el rostro dormido del niño cuando, a su espalda, sonó la puerta al abrirse.

—Mamá, eso…

Se volvió con fastidio y clavó una mirada feroz en el rostro que, desde la sombra de la puerta, la observaba con timidez.

(Qué odio. Otra vez este niño.) Se acercó y lo echó fuera.

—No despiertes a Sere. Qué niño tan desconsiderado eres.

El niño, con los ojos anegados, los abrió de golpe.

(Lo odio, lo odio tanto…

## Capítulo IV. Los cuatro santuarios N, lágrimas de los dioses

1 ¿Era un sueño? Le pareció haber visto una escena muy añorada. Ahora no lograba recordarla en absoluto, y solo le quedaba aquella angustia de querer echarse a llorar. Deseaba seguir soñando así, aunque fuera una pesadilla.

Mientras rogaba no volver a despertar, se hundió otra vez en el sueño. Despertar significaba que seguía viva, y eso la desesperaba. Ya no sabía cuántas mañanas así se habían repetido, desde el día en que la llamaron diosa y su cuerpo quedó atado por la maldición llamada sello.

Mientras no dormía, sentía un dolor incesante. Los caracteres de «sello» se volvían aguijones afilados y luego hojas ardientes. ¿Por qué aquel sufrimiento era tan imposible de soportar? ¿Por qué solo quien era llamada diosa tenía que cargarlo?

—Los dioses desean que los humanos protejamos el mundo con nuestras propias manos.

Qué bien sonaba. Furies apretaba los dientes y lo pensaba mientras contenía el dolor. Porque entonces ni se le había pasado por la cabeza que fuera ella quien sería nombrada diosa. Creyó que era asunto de otros. Por eso pudo decir aquellas palabras con tanta calma.

¿Nosotros, los humanos? No. Mejor dicho: mientras exista la diosa, los demás pueden no hacer nada. Basta con que la diosa sola permanezca en el dolor y la soledad; la gente del mundo solo tiene que ir de vez en cuando al santuario o al oratorio lejano, rezar de forma simbólica, y así podrá pasar una vida feliz en paz.

(¿Por qué solo yo? ¿Por qué precisamente… me eligieron a mí? ¿Por qué no puede ser otra persona?)

—Precisamente porque creí que tú…

## Capítulo V. La torre del rayo rojo: ¿adónde cae el dragón?

1 Por todo el territorio del imperio flotaban nubes del mismo color: aquellas nubes negras que se veían en la región de las colinas. El cielo había olvidado el azul y la tierra había olvidado el verde; todo quedaba envuelto en un tono sombrío. A medida que se acercaban a la capital imperial, aquella oscuridad parecía espesarse, aunque quizá solo fuera aprensión suya.

—Tu verdadera venganza empieza ahora.

(Venganza. Esa palabra familiar, que nunca había desaparecido de su interior, sonaba ahora tan rígida y fría. ¿Por qué?)

—Pero este no es momento de hundirse en el dolor. Lo sabes, ¿verdad?

(Claro que lo sé. Cómo iba a olvidar ese remordimiento de haber renunciado a lo que me correspondía hacer. Esa sensación insoportable la conozco mejor que nadie.)

(Aun así, el arrepentimiento es algo de lo que cuesta desprenderse. Hiciera lo que hiciera, por mucho que forcejeara, en todos los días vividos hasta ahora nunca había dejado de arrepentirse.)

—Los humanos sois criaturas verdaderamente engorrosas.

Las palabras en sí no diferían de las de siempre, pero ya no llevaban dentro aquel sabor acre. Tampoco era compasión: era un tono distinto del de antes. A Caim le entró de pronto curiosidad por saber qué pensaba el Dragón Rojo, pero no alcanzaba a imaginar qué vendría después.

—¡Eso es…!

Caim miró en la dirección que señalaba el dedo de Verdelet. Era una silla. La silla volaba en el aire, y sentado en ella estaba aquel niño de ojos rojos.

—Ese es el jerarca de la Iglesia de los Ángeles…

Enseguida, la silla escapó con total facilidad…

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