Espada Divina, Demonio Volador: Crónica de encuentros prodigiosos en el Jianghu

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Espada Divina, Demonio Volador: Crónica de encuentros prodigiosos en el Jianghu

Espada Divina, Demonio Volador: Crónica de encuentros prodigiosos en el Jianghu — incluida en la columna selecta de literatura china de la Biblioteca Unificada de Medios (xuanhuan y xianxia). Sinopsis: https://18av.mm-cg.com/zh/novel_content/21311/content.html Li Moran se alojaba unos días en la posada Ping’an, en dos habitaciones separadas. En un principio, Xiao Xing y Xiao Tao debían compartir una, pero ahora… No fue idea de Li Moran: Xiao Tao se había colado por su cuenta….

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Contents · 1 sectionsChapter 1

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Chapter 1

Era ya muy entrada la noche.

Li Moran se alojaba por unos días en la Posada de la Paz, en dos habitaciones separadas. En un principio, Xiao Xing y Xiao Tao compartían una, pero ahora Xiao Tao dormía en la de Li Moran.

No había sido idea de él. Xiao Tao se había colado a escondidas.

Dormido, Li Moran oyó de pronto el leve chasquido de la puerta al abrirse. Abrió los ojos de golpe y miró.

La puerta se abrió y entró una mujer. Era Xiao Tao. Sin poder evitarlo, pensó: «¿Qué hace Xiao Tao aquí a estas horas?»

Enseguida la vio desabrocharse la ropa y desnudarse por completo, y luego meterse bajo su edredón, resbaladiza como una locha.

—Xiao Tao, ¿por qué haces esto?

—Señor, hace tiempo que deberías haberlo entendido. ¿Acaso aún no conoces el corazón de esta sierva y el de Xiao Xing?

—¡Xiao Tao! Hasta las aves y las hierbas tienen sentimiento; ¿quién puede ser insensible? Li Moran no es un hombre de madera. Solo que así os deshonro demasiado a las dos.

Xiao Tao y Xiao Xing llevaban ya tres años siguiendo a Li Moran. Se tenían por sus siervas, y ambas estaban dispuestas a ofrecerle el lecho. Pero él era un caballero y no quería aprovecharse del favor recibido para poseerlas. Esa era su pena.

Ahora Xiao Tao estaba allí: un aliento leve, un perfume tenue de carne.

El cuerpo de Xiao Tao estaba lleno de tentación. Hasta su respiración, al oírla en ese momento, resultaba especialmente provocadora.

Li Moran era un hombre, un hombre normal. No era Liu Xiahui, y aunque lo hubiera sido, en semejante situación también habría cedido. Su mano se deslizó bajo el edredón y encontró la de Xiao Tao.

La mano de ella era suave como grasa coagulada, pero no fría como esa grasa: estaba caliente. La sangre de Xiao Tao hervía, se agitaba.

Para Li Moran aquello era un estímulo.

Un estímulo violento. Se le secó la garganta y la respiración se le volvió entrecortada.

Se incorporó. La mano subió por el brazo, llegó al hombro de Xiao Tao y luego descendió hacia su pecho.

El pecho de Xiao Tao subía y bajaba con un vaivén sutil.

Aunque apenas veía, Li Moran ya sentía el corazón desbocado y el ánimo flotando.

Su aliento se aceleró aún más. La mano bajó más y amasó con suavidad los pechos de Xiao Tao.

Luego abrió la boca de golpe y estampó un beso sobre los labios de cereza de ella.

Aquel beso apremiante dejó a Xiao Tao sin aire, jadeando sin cesar. Li Moran fue bajando, de su cuello de jade hasta el surco entre los pechos.

Se inclinó sobre un pezón, lo lamió unas veces con la punta de la lengua y luego lo succionó. A fuerza de chupar, el pezón de Xiao Tao se irguió.

Xiao Tao jadeaba y de la boca solo le salían dos sílabas: «¡Ay!»

Pero su mano de jade se tendió hacia la entrepierna de Li Moran. Al tocarlo, el corazón le dio un vuelco y pensó: «Qué susto. ¿Cómo puede ser tan grande?»

Li Moran medía más de ocho chi, era alto y robusto, y ella no había imaginado que aquello también fuera tan imponente.

—Señor, desde que Xiao Tao te sigue puede decirse que lleva tres años sin probar carne. Tu cosa es tan imponente que has de tener un poco de piedad con Xiao Tao.

Li Moran le separó los muslos bien abiertos. El surco se alzaba hacia arriba. Al mirar, vio que el vello crecía abundante, negro incluso sobre el vientre.

El sexo estaba hinchado como un pan; las dos valvas de carne tenían el color de una manzana y los labios eran gruesos.

Dentro del surco ya empezaba a manar agua.

Al separar con la mano el canal poco profundo, las valvas se abrieron y encima apareció una perla roja, de una belleza deslumbrante.

Después de besar y acariciar un rato sus labios rojos y sus pechos, Li Moran se tendió en el centro de aquella bandeja de fruta, tomó entre los labios aquella uva del tamaño de un………… y la apretó con los labios, la succionó, la lamió con la punta de la lengua y la provocó con mordiscos leves de los dientes.

Xiao Tao, lamida y jugueteada por Li Moran, sentía el corazón florecer y el alma flotar; se le erizó la piel por todo el cuerpo.

Llevaba demasiado tiempo sin el roce de un hombre. ¿Cómo iba a resistir semejante provocación? Una oleada brotó de golpe.

—¡Ah! Señor………… no sigas………… me he corrido………… ¡ay………… oh………… oh…………!

Li Moran se apresuró a recoger con la boca el manantial que ella había derramado………… y alzó la cabeza para preguntar:

—¡Xiao Tao! ¿Cómo has podido correrte tan pronto, y además tanto?

—¡Señor! Xiao Tao lleva tres años sin que un hombre se le acerque ni la acaricie. Quién iba a pensar que empezarías tocando la perlita más sensible de una mujer. ¿Cómo iba yo a aguantarlo?

Claro que fue como un alud de montaña: una vez desatado, no había quien lo contuviera. ¡Señor! De verdad tienes mano para tratar a las mujeres —dijo Xiao Tao con voz dulce y queda.

Li Moran sonrió levemente.

—Xiao Tao, no era mi intención atosigarte. Es que mi capital es demasiado abundante. Si antes no añado un poco de atmósfera, te costaría mucho adaptarte.

Si no me acerco a las mujeres y rechazo también la buena voluntad de vosotras, hermanas, es porque con esta cosa no quiero construir mi placer sobre el cuerpo de otra persona.

—¡Señor! Tienes un corazón verdaderamente bueno. Pero no sabes que eso es dejar de comer por miedo a atragantarse. Esa preocupación tuya sobra. El agujerito de una mujer es como una goma: puede ensancharse y encogerse.

Además, la mujer ha de parir hijos. Si cabe el tamaño y el peso de un niño, ¿cómo no iba a poder soportar esta cosa tuya?

—¡Xiao Tao! Al oírte decir eso, me quedo tranquilo. Si no, de verdad no me atrevería a rozar a una mujer. Siempre creí que eso era una culpa.

Al terminar, empujó hacia delante lo que tenía entre las piernas………….

Xiao Tao lo decía en parte para consolar a Li Moran y disipar la sombra de su corazón. En realidad, al ver aquella cosa de unos ocho cun —un chi equivale a dieciséis cun—, tiesa y dura, parecida de verdad a un pepino, temía no poder soportarla.

—¡Señor! Xiao Tao hace mucho que no juega con un hombre, y el tuyo es de verdad extraordinario. Cuando juguemos, ve primero más suave, más despacio………… bien, no embistas de golpe.

—Lo sé, Xiao Tao. Lo haré. Te tendré el doble de consideración.

Dicho esto, empuñó la gran verga, la apuntó a aquel surco poco profundo, primero frotó un rato con……………… y solo entonces empujó con fuerza.

Con un «¡chup!», entró hasta la mitad. Li Moran sintió al instante lo estrecho y apretado de su…………; la gran cabeza de seta quedaba ceñida con fuerza. El placer era extremo.

—¡Ay! Qué dolor………… y qué llena…………

Xiao Tao gimió el dolor en voz baja, y aun así le brotó sudor frío en la frente.

Li Moran conocía aquella expresión. Ella era de las mujeres más reservadas y contenidas: el dolor era evidente, y aun así no quería gritar.

También sabía lo abundante de su propio capital. Se detuvo de inmediato y se mantuvo firme en el terreno ya conquistado.

Las nalgas sonrosadas de Xiao Tao se retorcieron unas veces; el cuerpo le temblaba y jadeaba con dulzura.

Las dos valvas se abrían y cerraban, succionando su pepino, y el flujo iba saliendo despacio.

Li Moran empujó otra vez con más fuerza y………… se hundió hasta el fondo.

—¡Ah! ¡Ay! ¡Señor! ¡Me estás matando de tanto empujar!

Xiao Tao gemía entre quejidos.

Cerraba los ojos y suspiraba suavemente. No gritaba ni chillaba como las mujeres con las que él había jugado antes, ni forcejeaba y lo rechazaba como un cerdo en el matadero.

Solo disfrutaba en silencio el placer del sexo.

Li Moran notó que el agua dentro de su gruta aumentaba y lubricaba más, así que empezó a entrar y salir despacio, dispuesto a acelerar solo cuando ella pudiera adaptarse.

La lujuria de Xiao Tao también estalló. Con manos y pies apretó a Li Moran con fuerza, y sus nalgas sonrosadas, carnosas y levantadas, se mecían cada vez más deprisa.

Los gemidos de «¡Ay! ¡Ih, ah!» se le fueron elevando.

El chapoteo —«ih, puf, puf»— sonaba cada vez más alto y más claro; el túnel se iba abriendo, y Li Moran aceleró el movimiento.

Variaba las embestidas: tres superficiales y una profunda, seis superficiales y una profunda, nueve superficiales y una profunda; a ratos pasaba a una superficial y una profunda, dos superficiales y una profunda, arremetiendo a izquierda y derecha, frotando suave y lento.

Se hundía de un golpe hasta el fondo y luego hacía girar…………, moliendo un rato el capullo de ella con la cabeza del pistilo.

Xiao Tao era una asesina, no una mujer libertina, y además llevaba tres años sin probar carne, al borde del hambre. Ahora Li Moran la embestía hasta dejarla entre el éxtasis y la muerte, y en el corazón sentía un desahogo que no sabía decir.

Pero precisamente no podía decirlo: solo dejaba escapar por la garganta un «oh, oh, ah, ah».

Li Moran lo vio y detuvo enseguida las embestidas. Dijo con voz suave:

—Xiao Tao, si te duele o si no estás a gusto, grítalo sin más. No te guardes tanto.

El bautismo del amor es para disfrutarlo. No temas la vergüenza ni la timidez. Relaja el ánimo y juega con audacia. Solo así los dos podremos saciarnos y gozar, y no desperdiciar esta hermosa noche de flores y luna.

—¡Señor! Temo que te rías de mí por lasciva y descarada.

Al decirlo, hundió el rostro sonrosado en el pecho de él.

—Xiao Tao, ya somos marido y mujer. Cuando esta vez hayamos resuelto para Yongnian este conflicto, mandaré muchas invitaciones y prepararé como es debido nuestra boda.

—¡Señor! También está Xiao Xing.

—¿Cómo? ¿No tienes celos?

—¡Señor! Xiao Xing y yo nos queremos como hermanas de sangre. Poder servir las dos a un mismo esposo es la mayor dicha de nosotras. ¿Qué celos iba a haber? Hemos encontrado a nuestra pareja, y de ahora en adelante ya no estaremos solas.

Xiao Tao lo llamaba con ternura y acercó los labios de cereza a la boca de Li Moran para que la besara.

A Li Moran se le llenó el corazón de dicha. Besó con fiereza y succionó con fuerza sus labios de cereza y su lengua de jade. La gran verga de jade hundida en la gruta volvió a entrar y salir.

Xiao Tao retorcía el cuerpo para recibirlo. La almeja roja se abría y se cerraba; el capullo se contraía y se encogía, apretando…………; el manantial no dejaba de fluir hacia fuera, y ella gritaba palabras de primavera y de oleaje.

—Ay…… esposo mío…… dentro me pica tanto…… más fuerte, rápido…… el pistilo de tu hermanita…… sí…… sí…… ¡ah! Qué a gusto…… nunca había estado tan a gusto…… esposo mío…… ah…… me muero de lo rico…… ah…… me corro otra vez……

Xiao Tao sentía en el corazón de la flor un picor insoportable; todo el cuerpo se le derretía y se le adormecía…………, y volvió a correrse a chorros.

Un líquido caliente brotó de su gruta y escaldó a Li Moran hasta hacerle temblar el cuerpo entero. Aspiró con fuerza, apretó la punta de la lengua contra el paladar y contrajo de inmediato el ano y el dantian.

Sujetó la compuerta del semen. Si no, habría muerto antes de lograr la victoria.

La belleza aún no estaba saciada. Si él acababa primero, aquello sí que aguaba la fiesta.

Li Moran tenía de origen un neigong excelente. Con aquel instante de serenidad, afirmó enseguida la compuerta del semen.

Al ver que Xiao Tao parecía hundirse un poco en el desmayo —ese estado de «pequeña muerte» en que la mujer alcanza el colmo del placer—, aceleró de inmediato y embistió con furia, sacando y metiendo con violencia.

Cada vez llegaba hasta la carne tierna del pistilo y luego hacía girar el disco, moliendo y frotando un rato.

Xiao Tao volvió en sí poco a poco. Al ver que Li Moran seguía sin parar de…………, y sobre todo que el pistilo, molido por la verga de jade, le producía un hormigueo ácido y un picor delicioso, el placer se le hizo urgente.

—¡Ay, ay! ¡Señor! ¡Esposo mío!…… Qué a gusto estoy…… ¿cómo es que todavía no has…… soltado la riada?…… Tu hermanita ya no puede más…… me voy a morir otra vez…… te lo ruego…… buen esposo…… mejor llama a Xiao Xing…… la pequeña hada está a punto de que la…… deshagas a embestidas…… ah…… de verdad me matas……

Li Moran vio aquel rostro lleno de descaro y lujuria, oyó aquellos gritos lascivos, y sintió además cómo la pequeña hada mordía y succionaba la verga de jade con una fuerza que no se podía decir.

Aquello avivó en él la naturaleza heroica del hombre que quiere conquistarlo todo, y arremetió con todas sus fuerzas.

—¡Ay! ¡Madre! Me vas a…… acabar…… mm…… oh…… qué bien…… ya no puedo más…………

Xiao Tao ya no podía contenerse. El cuerpo se le arqueó de golpe hacia arriba; el pistilo mordió con fuerza…………, y un chorro de pasta blanca y ardiente, como espuma de jabón, salió disparado del surco poco profundo.

El calor hizo que Li Moran se estremeciera de pronto, y su………… también se irguió de golpe.

Tembló unas veces. Se le aciduló la cintura y la espalda, le picó el corazón, y un rocío dulce y abrasador se vertió con fuerza dentro del pistilo de Xiao Tao.

Ella abrazó a Li Moran con fuerza, alzó las nalgas sonrosadas y recibió el rocío de la rama de sauce que él eyaculaba, y aquello le dio un placer sin igual.

—¡Ah! ¡Esposo mío! ¡Tu hermanita se muere de gusto!

Una feroz lucha cuerpo a cuerpo, tras varias cargas y asaltos, llegó por fin a su fin.

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