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Nosotros, años después
Relato reescrito a partir de un tema · no es un fragmento del original · 18+
Este texto recrea personajes y trama; todas las personas implicadas en la relación amorosa son adultos ficticios mayores de veinticinco años, sin parentesco entre sí.
Capítulo 1 La foto a la que le falta alguien
Las fotos viejas estaban en una caja de galletas, y en la tapa había un pájaro rojo al que se le había desvanecido la mitad del color. Cuando Gu Ming la dejó sobre la mesa, Liang Xia estaba secando vasos. Ella tenía treinta y cinco años y había pedido prestado el café de una amiga para aquella pequeña reunión; los invitados eran viejos amigos que, después de graduarse, seguían en contacto de vez en cuando.
Lo que cada uno había traído era de lo más dispar: una bolsa de castañas asadas que nadie había alcanzado a calentar, media botella de licor de frutas que a nadie le había gustado nunca, y una agenda de teléfonos de hacía diez años. El móvil había repartido a la gente en muchos grupos pequeños, pero los números sobre el papel seguían en orden, y no faltaba ni uno.
Liang Xia desplegó el primer montón de fotos y reconoció la furgoneta que habían alquilado aquel año para ir a la costa. Ella estaba en el extremo derecho de la imagen, con un paraguas cerrado en la mano. A la izquierda había quedado un hueco: antes de que el fotógrafo empezara la cuenta atrás, ella había pedido expresamente a los amigos que lo dejaran libre.
—En esta falta alguien —dijo alguien.
Gu Ming dejó el vaso. Liang Xia no necesitaba levantar la vista para saber quién era.
Aquel viaje había sido las primeras vacaciones largas de todos después de empezar a trabajar. Gu Ming había prometido encontrarse con ellos en la estación, pero no apareció. Lo llamaron y no contestó. Hasta el anochecer no escribió en el grupo: «Ha surgido algo, pasadlo bien».
Por entonces Liang Xia y él ya se gustaban desde hacía un tiempo. Nadie había propuesto formalmente que estuvieran juntos, pero en cada reunión los amigos les reservaban los sitios de al lado. Ella creyó que aquel viaje sería un comienzo claro, e incluso había comprado dos entradas para un festival de música, guardadas entre las páginas de su cuaderno de viaje.
Después del plantón, fue como si alguien los hubiera separado en silencio, y poco a poco dejaron de sentarse juntos. Gu Ming se fue más tarde a trabajar al sur; Liang Xia se quedó en la ciudad. De vez en cuando hablaban del tiempo en el grupo, y los dos sabían seguir la conversación con naturalidad, solo que ya no se preguntaban a solas «¿qué tal hoy?».
Ahora aquel hueco volvía a estar sobre la mesa. Liang Xia acercó un poco la foto y dijo:
—Antes siempre pensaba que, si la otra persona lo sabía, no hacía falta explicarlo.
Nadie continuó la broma. Fuera empezó a llover fino, y la cafetera soltó un chorro de vapor.
Capítulo 2 La mañana fuera de la estación
Los amigos, con tacto, cambiaron de tema. Alguien fue a calentar las castañas; alguien propuso buscar un proyector para ver vídeos antiguos. Gu Ming se quedó junto a la mesa y ayudó a Liang Xia a separar las fotos por años.
—¿Cuánto esperaste aquel día? —preguntó.
—Cuarenta minutos. Al final fue el viejo Zhao quien dijo que, si no nos íbamos ya, el conductor iba a cobrar de más.
Gu Ming asintió, y no dejó pasar aquellos cuarenta minutos como si no pesaran. Contó que aquella madrugada su padre se había desmayado de pronto en casa. La ambulancia lo llevó al hospital, y él fue detrás. El padre no llegó a correr un peligro grave, pero estuvo ingresado dos semanas; los análisis y las facturas fueron cayendo uno tras otro, y la familia se vio desbordada.
—Podía haber mandado un mensaje —dijo—. Tenía el móvil, y batería de sobra. No es que no hubiera ocasión.
Liang Xia levantó la mirada. Había esperado que él encadenara una serie de circunstancias inevitables y convirtiera el plantón en un accidente que nadie debiera reprochar.
—Pero entonces no quería que los demás lo supieran —dijo Gu Ming—. Todavía les ocultaba a todos que mi padre se había quedado sin trabajo. Temía que, si decía que estaba ingresado, después no pudiera esconder nada. En aquel momento me parecía más difícil que los demás vieran que me iba mal que el que pensaran que era un maleducado.
Sentado en una silla de plástico fuera de urgencias, veía cómo los mensajes iban llegando uno tras otro al grupo. Deseaba que alguien viniera a ayudar y, al mismo tiempo, temía que alguien preguntara de verdad. Al final usó aquellas cuatro palabras, «ha surgido algo», y dejó a todo el mundo fuera.
Liang Xia recordó que, al volver del viaje, le había enviado una foto de la playa, sin ningún texto. Él contestó: «Qué bonita». Ella lo tomó por una evasiva y no siguió hablando.
—Yo tampoco te pregunté directamente —dijo—. Estaba muy enfadada, pero solo quería esperar a que lo adivinaras.
Gu Ming miró la foto que tenía en las manos.
—Tenías motivos para enfadarte.
Aquella frase le apretó la nariz. No porque por fin hubiera obtenido una victoria tardía, sino porque durante muchos años había estado defendiendo a la de entonces: no quería parecer que le importaba demasiado, y tampoco quería admitir que, en efecto, le había dolido.
Le preguntó cómo estaba ahora su padre. Gu Ming dijo que se había recuperado bastante bien y que últimamente se había aficionado a plantar chiles; el balcón estaba tan lleno que ya no había sitio para tender la ropa.
Liang Xia se rió, pero una lágrima le cayó en el borde del vaso. La secó con un papel, y Gu Ming no la apremió a seguir hablando.
Capítulo 3 Diez años que no se pueden rellenar
Por fin conectaron el proyector, y en la pared apareció un vídeo borroso. Ellos, jóvenes, cantaban en un puesto de barbacoa. Los subtítulos los había hecho Xu Zhe aquel año; había muchas faltas, y precisamente por eso nadie los había corregido nunca.
Todos se reían doblados. Liang Xia miraba a aquella versión de sí misma con la coleta alta y le resultaba un poco extraña. Ya no se quedaba callada cada vez que se enfadaba, como entonces, ni creía que bastara con que dos personas se gustaran para que cada una supiera pensar por la otra en todo.
En esos diez años se había casado una vez, y el matrimonio había terminado hacía dos. La separación no fue dramática: después de intentarlo una y otra vez, reconocieron que la vida que cada uno imaginaba era distinta. Gu Ming lo sabía, pero no pidió detalles. Ella agradecía su mesura, y también sabía que aquel agradecimiento no era lo mismo que el vuelco del corazón de cuando eran jóvenes.
El vídeo llegó al tramo de la playa, y la imagen se movía mucho. Alguien propuso hacer otra foto, meter a Gu Ming y colocarse otra vez en los mismos sitios.
Liang Xia negó con la cabeza.
—Dejemos las fotos viejas como están.
No había reproche en sus palabras. Aquel hueco había existido; explicarlo hoy no permitía fingir que nunca había ocurrido. No quería que los amigos, por el afán de una historia redonda, volvieran a montar los caminos que cada uno había recorrido de verdad.
Gu Ming también dijo que no hacía falta rellenar nada. Así que cambiaron de mesa y dejaron en el encuadre las castañas, los vasos y la caja de galletas con la pintura descascarillada. En la foto nueva alguien tenía los ojos cerrados, alguien bajaba justo la cabeza, y Xu Zhe, con el mando en alto, se tapaba media cara con el brazo.
—¿No la repetimos? —preguntó el viejo Zhao.
—Con esto basta —dijo Liang Xia—. Esto es hoy.
Después de comer, los amigos se fueron yendo. Unos tenían que coger el tren de alta velocidad, otros volver a casa para relevar a quien cuidaba de los niños, y alguien tenía guardia al día siguiente. La reunión no se alargó, como cuando eran jóvenes, hasta el último metro. Empezaban a mirar la hora en serio, y también a entender que irse a tiempo no significaba no valorar el estar juntos.
Gu Ming se quedó para ayudarla a recoger. Bajo la mesa rodaba una castaña; él se agachó a recogerla y la espalda le soltó un leve crujido.
—Antes podía cargar cajas enteras de cerveza y no me pasaba nada —dijo.
—Ahora ya sabes lo que es calentar.
Riendo, devolvieron la mesa a su sitio. Gu Ming le preguntó si quería quedarse con aquella foto de la playa. Ella dijo que primero escanearía una copia y que el original volvería a la caja, para que más adelante nadie dejara de encontrarlo.
Capítulo 4 Una invitación concreta
Cuando dejó de llover, Liang Xia acompañó a Gu Ming hasta el metro. Él dijo que esta vez, de vuelta en la ciudad, se quedaría hasta fin de mes: la empresa abría una oficina nueva allí, pero aún no había decidido si se quedaría a largo plazo.
—No tienes que decidir quedarte porque yo esté aquí —dijo Liang Xia, y ella misma se rió—. Otra vez estoy pensando demasiado por ti.
Gu Ming se detuvo en la boca del metro y no se apresuró a contestar. Dijo que, en efecto, la había tenido en cuenta, pero que el trabajo, los padres y la vida había que calcularlos por separado. Una persona puede formar parte de una decisión, pero no puede cargar con la responsabilidad de las demás partes.
Aquello no sonaba especialmente hermoso, y sin embargo a Liang Xia le dio tranquilidad. Ya no necesitaba que alguien, para demostrar que le gustaba, le pusiera en las manos de golpe el arreglo de toda una vida.
—El sábado que viene, en la librería de la orilla del río, hay una charla sobre restauración de fotos antiguas —dijo—. Pienso ir. Empieza a las dos. ¿Quieres venir conmigo?
No era un «quedamos cuando puedas», ni mandarle un enlace y esperar a que él lo entendiera. La hora, el lugar y la invitación estaban ahí: se podía aceptar o se podía rechazar.
Gu Ming abrió el calendario.
—El sábado por la mañana tengo que acompañar a mi padre a una revisión. Suele terminar a las doce, pero no sé si habrá que esperar mucho.
—Entonces me lo dices cuando lo sepas. Yo puedo entrar primero, y tú llegar un poco más tarde.
—¿Y si no puedo ir?
—Pues dices que no puedes. No me dejes adivinándolo en la puerta.
Él asintió y guardó la charla en el calendario. Liang Xia no volvió a preguntarle si de verdad lo había apuntado. La confianza no es el resultado de revisar el móvil de otro, ni se recupera sola hasta el punto de hace diez años porque por fin se haya explicado una cosa. Hace falta la vez siguiente, y la de después, e ir construyéndola despacio en los días corrientes.
El ruido del metro al entrar en la estación subió desde abajo. Gu Ming se despidió, dio unos pasos y se volvió para entregarle una foto doblada que llevaba en el bolsillo.
Era la nueva foto de grupo, impresa después de escanearla; había sacado una copia de más. Sus dedos tapaban justo el borde inferior, y no había dejado a propósito el sitio de nadie.
Capítulo 5 Quince minutos de retraso
El sábado, a las doce y veinte del mediodía, Liang Xia recibió un mensaje: la revisión aún no ha terminado, llegaré más o menos media hora tarde, entra tú primero.
Ella contestó que lo había recibido y salió según lo que tenía previsto. En la librería compró un té y se sentó en la tercera fila, junto al pasillo. No dejó el bolso en el asiento de al lado para reservarlo: cuando Gu Ming llegara, quizá no pudieran sentarse juntos, y eso no impedía que los dos fueran a escuchar la misma charla.
Quince minutos después del comienzo, él entró por la puerta lateral y se sentó en la última fila. Liang Xia se volvió, lo vio levantar la entrada que llevaba en la mano y volvió a poner la atención en el estrado.
La profesora estaba explicando los principios de la restauración de fotos antiguas. Las manchas se pueden limpiar, el color perdido se puede ajustar, pero no se le puede añadir de la nada una sonrisa a alguien de la foto solo para que la imagen quede más bonita. Algunos arañazos pertenecen al modo en que se conservó; algunas ausencias pertenecen a la vida de entonces. Restaurar es permitir que se vea con claridad, no reescribir el final del pasado en lugar de quien lo vivió.
Liang Xia bajó la cabeza y anotó en el cuaderno la idea de aquella frase. No se la envió a Gu Ming, ni la usó para insinuar nada. Solo pensó que le serviría más adelante, cuando ordenara fotos.
Al terminar la charla se encontraron en la puerta. Gu Ming dijo primero que el resultado de la revisión de su padre era bueno, y luego explicó en pocas palabras el retraso: el último informe había hecho esperar veinte minutos más.
—Lo sé, me escribiste —dijo Liang Xia.
Caminaron un trecho junto al río, hablaron del método de restauración que había mostrado la profesora y de qué sitio de por allí tenía unos fideos buenos. Al llegar a un cruce, Gu Ming le preguntó si quería cenar con él. Ella dijo que aquella noche había quedado con una amiga, y que la semana siguiente sí podía.
Él no tomó aquello, con aire de derrota, por un rechazo, y ella tampoco canceló sobre la marcha lo que ya tenía previsto para cuidar de su ánimo. Se quedaron junto al río y acordaron una fecha que les viniera bien a los dos.
Al llegar a casa, Liang Xia pegó la nueva foto de grupo en un costado de la nevera. La de hacía diez años seguía en una carpeta del ordenador, y el nombre del archivo conservaba la fecha en que se había tomado. El sitio de la persona que faltaba no se había rellenado, y ya no hacía falta rellenarlo.
El móvil se iluminó: era Gu Ming, con la dirección del restaurante y, detrás, una hora concreta. Ella contestó «vale», lo pensó un momento y añadió: llegaré puntual. Si hay algún cambio, te lo digo con tiempo.
Fuera, el viento cruzaba el tendedero. Ella estaba en la cocina, poniendo boca abajo los vasos ya lavados sobre la alfombrilla de escurrir, y por dentro no había ningún eco grandioso. Solo que, en alguna tarde de la semana siguiente, había una cosa más que merecía la espera. Esa cosa pertenecía al presente, y ya no necesitaba pedir prestada su prueba a una foto vieja.




