Bajo el mismo techo

NOVEL · SECTION 01 OF 01 · Español

Bajo el mismo techo — Section 1

Lin Wanzhou, correctora de subtítulos del turno de noche en la emisora de tráfico, y Cheng Yi'an, despachador del turno de mañana, comparten un piso de dos habitaciones al sur de la ciudad cuando el alquiler se dispara de pronto. El refrigerador está empapelado de normas. Uno oculta que está a punto de mudarse; el otro ha aceptado en silencio un subarriendo de corta duración. Antes de que se vaya la luz, ninguno sabe que el otro ya ha encontrado otro lugar donde vivir.

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THE READING ROOM

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01 / 01

Section 1

Bajo el mismo techo

Relato original · Creación con asistencia de IA y revisión editorial · 18+

Este texto es una historia de ficción; los personajes implicados en la relación afectiva son adultos ficticios mayores de veinticinco años, sin parentesco entre sí.

Capítulo 1. Las puntas de los zapatos hacia dentro

A las seis y cuarenta, Lin Wanzhou empujó la puerta. En el recibidor había un par de zapatillas de deporte de más, con las puntas hacia dentro y la tela todavía húmeda. Los zapatos negros de Cheng Yi'an no estaban. A las cinco y diez ya había salido hacia el depósito de material rodante de la estación oeste. La luz del baño estaba encendida y alguien abría el grifo dentro.

La puerta se abrió. Un hombre de pelo corto apretaba un neceser; la credencial le colgaba vuelta sobre el pecho.

—El hermano Cheng dijo que de día duermes, que no hiciera ruido. Soy el nuevo aprendiz de despacho de la estación oeste. Liang Kai, veintisiete. Me presta el sofá dieciocho días. El dinero se lo calculo por día.

Lin Wanzhou no contestó. Le habían recortado a última hora la segunda mitad del turno de subtítulos de noche y había vuelto una hora antes de lo habitual. En la puerta de la nevera, al pie de la nota amarilla, había una línea nueva, con la letra de Cheng Yi'an: alojamiento provisional en el salón, gastos aparte, lo hablamos cuando vuelva.

Liang Kai levantó las zapatillas.

—Entonces bajo a esperar. Él vuelve al mediodía.

—Vete tú primero —ella aplastó la voz—. El sofá no es una cama. En esta casa no hay toalla para un tercero.

Él asintió y cerró la puerta. En el rellano, las zapatillas pisaban el agua: un paso, otro, hasta que solo se detuvieron en la planta baja.

Ella se quedó un rato delante de la nevera. Despegó la nota amarilla. El reverso estaba en blanco. La azul seguía en su sitio: cierra la nevera con cuidado, no más de dos ruidos; no toques la leche del segundo estante; de las ocho a las tres de la tarde, no pases la aspiradora. Las amarillas eran de él: no te duches antes de las seis, las tuberías chillan; desenchufa el microondas al terminar; coloca bien los zapatos.

Tres meses de piso compartido, horarios cruzados, y no se habían encontrado cara a cara más de veinte veces. Antes eran compañeros en la emisora de tráfico. Ella se había quedado en el equipo de subtítulos del turno de noche; a él lo habían trasladado a la estación oeste. El alquiler había subido de cuatro mil trescientos a cinco mil seiscientos. La noche en que la inmobiliaria lo soltó en el grupo, en las notas solo se cruzaron una frase: octubre sigue igual, en noviembre volvemos a contar. Ella tenía treinta y uno. Él, treinta y tres.

Abrió la nevera y echó un vistazo. La leche del segundo estante seguía allí, con el nombre hacia fuera. Al cerrarse, la puerta sonó una vez. Ella la sujetó con la mano, por si rebotaba una segunda. En la cabeza se le pegaba todavía una línea sin revisar: «Estación término de este tren», y detrás faltaban dos caracteres.

En el sofá del salón ya había un edredón plegable extendido. La almohada era la gris del cuarto de Cheng Yi'an, y el doblez también era el suyo. Ella dobló el edredón, lo dejó otra vez junto a la puerta de su habitación y no la empujó. Quería guardar las tres fronteras: su cuarto, el de ella, y el pasillo de en medio.

Del revistero asomaba una esquina de un acuse de recibo, con el sello rojo del depósito. Se leían las dos palabras «plaza de cama». Volvió a meter el papel. Era su correo.

Liang Kai se había dejado el neceser en el lavabo, la cremallera abierta: un vaso de plástico para enjuagarse, y en el fondo, la etiqueta de visitante del depósito. Ella dejó el neceser sobre el felpudo del recibidor, contra la pared, un poco lejos del zapatero.

Entró en su cuarto y echó el pestillo. En el bolso seguía el recibo del anticipo de un estudio en el este de la ciudad: mil ochocientos, entrada el veintiocho de octubre, si se arrepentía no se devolvía. Las esquinas estaban ablandadas de tanto pellizcarlas. Metió el recibo en el diccionario, muy despacio.

Al mediodía él querría hablar de dinero. Ella, primero, del sofá. Lo del estudio del este, hoy no podía decirlo. El compresor de la nevera zumbó de pronto, como si alguien se aclarara la garganta en la cocina.

Capítulo 2. Las cuentas del mediodía

Cheng Yi'an volvió a las doce y cincuenta, con ese olor a polvo seco de la sala de despacho. Vio el neceser en el recibidor y vio que el edredón ya no estaba en el sofá. Miró primero la puerta de ella. Estaba entreabierta. Lin Wanzhou estaba sentada en la cocina, el diccionario al alcance de la mano, ojeras bajo los ojos.

—Liang Kai me ha escrito —alineó los zapatos negros, lo pensó y dejó libre el hueco de las zapatillas—. Yo le dije que viniera. No debía adelantarme a ti.

—Dieciocho días —ella golpeó el tablero con los nudillos—. Tu nota decía que lo hablaríamos a la vuelta. Él ya se ha lavado la cara.

—El alquiler son cinco mil seiscientos, dos mil ochocientos cada uno. Yo todavía puedo apretarme. A ti te han recortado el turno de noche; el cuadrante está colgado en la intranet —sacó una libreta de cuentas de la mochila; el borde estaba enrollado—. Liang Kai, cincuenta al día, dieciocho días, novecientos. Cubre parte de la subida. Él hace turno de día, tú duermes lo tuyo. En teoría no os cruzáis más de dos veces al día.

—En teoría —ella giró la libreta—. Si tose, tú no lo oyes. Yo sí. La aspiradora me la respetas, y a la persona la plantas en el salón.

Cheng Yi'an se sentó frente a ella. La silla crujió una vez.

—He invertido el orden. Pensé que, si primero dejaba el dinero encima, te sería más fácil decir que no.

Eso casi le arrancó una risa, y no le salió.

—Así que extendiste el edredón de antemano, para que yo rechazara una cama que ya estaba abierta.

—Liang Kai puede irse hoy —miró por la ventana; la lluvia no había parado—. La cola del dormitorio llega hasta la semana que viene. Que se quede esta noche. Mañana le busco cama. Los dieciocho días no cuentan.

Ella arrancó un trozo de la nota azul y escribió: el sofá no es una cama. Si se va la persona, se van los zapatos. La pegó en el estante de abajo de la nevera, tapando la de él que decía «alojamiento provisional en el salón».

La libreta quedó abierta. En octubre cada uno ya había pagado dos mil ciento cincuenta. Si noviembre seguía en cinco mil seiscientos, a su nombre serían dos mil ochocientos, más los ochocientos que mandaba a su madre para la medicina de la tensión. El equipo de subtítulos solo le había asignado dieciséis noches ese mes; los honorarios bajaban más de seiscientos respecto al anterior. Los números cuadraban. Los días, no.

—En la estación oeste las camas están justas —con el lápiz dio un toque en la columna de noviembre, sin escribir—. Si yo cargo solo con el alquiler entero, no aguanto dos meses.

Ella miró aquel punto. El acuse del revistero parecía calentarse bajo el papel.

—¿Tienes otra salida?

—Todavía no está decidido —dejó el lápiz—. ¿Y tú? Dos mil ochocientos, ¿los aguantas?

El diccionario estaba al lado. Lo acercó hacia sí. El recibo no asomó.

—Octubre se queda así. Liang Kai duerme esta noche en el salón. La toalla, la de repuesto tuya. Mañana se va. Los números de noviembre los escribimos en otra hoja, no sobre una persona.

Él asintió. Se había dejado el auricular encendido y, de pronto, soltó un chasquido de llamada de despacho. Lo apagó a trompicones y la miró.

—Perdona. Esto no debería entrar en casa.

—Si entra, se apaga —ella se levantó; le latía la sien—. Me voy a dormir. No pases la aspiradora.

Él no la pasó. Cuando ella se tumbó, lo oyó con la escoba, suave, un golpe y otro, al mismo ritmo que aquellos zapatos del rellano por la mañana. Cerró los ojos. El «veintiocho de octubre» del recibo del este de la ciudad quedó colgado en la oscuridad, como una línea de subtítulo sin revisar.

Capítulo 3. Cena a oscuras

Al anochecer llovió más. Lin Wanzhou había dormido cuatro horas y se levantó con la cabeza pesada. Liang Kai había dejado una nota: en casa de un compañero podían apretarse hasta las diez; él volvería al sofá después. Cheng Yi'an calentaba agua en la cocina. La llama del gas era azul.

A las diecinueve cero cinco se apagó la luz del rellano, y también aquel zumbido largo de la nevera. La casa, de pronto, se hizo grande de un modo absurdo.

—Corte de luz —él cerró el gas, lo volvió a abrir, comprobó que no era la cocina—. Todo el edificio está a oscuras.

Ella palpó el cajón del escritorio. Aquella lámpara de mesa era la que usaba para revisar las escenas nocturnas, y las pilas todavía alcanzaban. La encendió. Un círculo pequeño de luz cálida cubrió los fogones y no llegó al salón. Cheng Yi'an miró la luz, desenchufó el microondas con un gesto muy hecho, aunque la corriente ya no estaba.

—Si lo desenchufas ahora —dijo ella—, tampoco te oye.

—Costumbre —él sostuvo el enchufe en la mano—. El año pasado el microondas de la sala de descanso saltó, y la radio de despacho se apagó detrás durante once minutos. Hubo un servicio que salió tarde. Un anciano del andén no llegó al transbordo. Me descontaron un mes de asistencia perfecta. Por eso, en cuanto veo un enchufe, me pican las manos.

Ella cascó dos huevos. El tomate era el último de la nevera. Al abrir la puerta, esta sorbió el aire una vez. Esperó a que no viniera la segunda y entonces echó los huevos.

—La leche del segundo estante —dijo él de pronto—. Yo creía que era de los dos. Un día, a las cuatro y media, bebí un trago. Vi lo dura que estaba tu nota y después no me atreví a tocarla.

—Los subtítulos de las tres son los que más fácil se cruzan de línea. Tengo la glucosa baja, y la leche sale más barata que el café —empujó el plato hacia él—. Solo la bebo después de las tres.

—¿Y las notas? Escribes más de lo que hablas.

—Mi madre oye mal. En casa, si había algo que decir, se escribía. Después, con el turno de noche, en cuanto abría la boca temía despertar a alguien. Me acostumbré a escribir.

—¿Y lo de cerrar con cuidado?

—Tú de día sí duermes. Yo no me tumbo hasta las ocho. La goma de la nevera está vieja; el segundo golpe suena como un petardo. Una vez la sujeté con la mano y tú creíste que estaba enfadada.

Él rio, muy breve.

—¿Y lo de la ducha? ¿También parece que te esté mandando?

—Parece.

—Las bajantes chillan antes de las seis. El casero ya avisó una vez. Pasé a ducharme de noche, pero de noche tengo que dormir. La nota está escrita dura porque temo levantarme tarde algún día y no tener fuerzas para explicarlo.

—¿Y los zapatos?

—Los zapatos no tienen historia —con el pie desvió un poco sus zapatos negros fuera de la luz y luego los enderezó—. Si quieres inventarme una, yo no la reconozco.

Los dos terminaron, a la luz de la lámpara, el tomate con huevo y el arroz que quedaba. La lluvia golpeaba la ventana más que las palabras. Ella entrevió el revistero. Aquella esquina del acuse seguía allí.

Él siguió su mirada, sacó el acuse y lo puso bajo la lámpara. Dormitorio de guardia del depósito, habitación individual, entrada el tres de noviembre, novecientos al mes. La fecha de la solicitud era el viernes anterior.

—Los dieciocho días de Liang Kai eran un puente que me estaba construyendo —dijo—. Tú has desmontado el puente. Tengo que sacar este papel. El contrato dice que, si me voy a mitad, el depósito de cuatro mil trescientos no se devuelve. No me da miedo la penalización en sí. Me da miedo que te quedes tú sola delante de cinco mil seiscientos y delante de una habitación vacía. Quería llenar primero el hueco y después decirte que me iba.

La lámpara parpadeó y volvió a sostenerse.

Ella cogió el último trozo de huevo y lo dejó en su cuenco.

—De día vi la esquina del papel. No lo saqué. Lo tomé por tu correo.

—¿No me riñes?

—Reñirte tampoco convierte noviembre en octubre —miró el móvil; no había señal, la hora saltaba—. Tengo que ir al estudio. El ascensor está parado. Bajo por la escalera. Deja los platos. Los lavo yo al volver.

—Los lavo yo. Un ruido, no más.

Dejó la lámpara sobre la mesa y cambió a la linterna del móvil. Llegó a la puerta, volvió y metió la leche del segundo estante en una bolsa térmica. La puerta se cerró detrás de ella. En el rellano solo quedaron sus pasos, y en la cocina, aquel ruido suave de él al dejar los platos.

Capítulo 4. Dos casas

A la mañana siguiente, cuando volvió, en el recibidor no había zapatillas. El sofá estaba vacío. La almohada gris había regresado al interior de la puerta de Cheng Yi'an. En la nevera había una línea amarilla más, una sola frase: la cena te espera.

Miró aquel papel dos segundos y no lo despegó. La bolsa de leche del segundo estante que se había llevado ya estaba vacía. Repuso una caja, el nombre hacia fuera, cerró la puerta y solo sonó una vez. En el estudio habían recuperado de un tirón el turno que llegaba tarde. Las tres palabras de «estación término» las revisó cuatro veces. Cuando se tumbó, fuera pasaban los coches de la hora punta de la mañana. Se durmió.

A las tres de la tarde él volvió con dos fichas de visita. Una era el estudio de un callejón del este de la ciudad; el casero se apellidaba Wu y se podía entrar el veintiocho de octubre. La otra era el plano del dormitorio del depósito, con la plaza marcada para el tres de noviembre.

Ella sacó el recibo del diccionario y lo puso entre los dos papeles.

—Mil ochocientos. Si me arrepiento, no se devuelve. Ayer no lo dije.

Cheng Yi'an miró el recibo y luego su propio acuse, y soltó una risa que no parecía de alegría.

—Entonces los dos pegamos normas en la nevera, y las cuentas las escribimos en el estómago.

—¿Y Liang Kai?

—Hoy el almacén de aprendices de la estación oeste ha liberado una cama. Se llevó los zapatos. Los cincuenta se los devolví. Lo cuento como incumplimiento mío —dio unos golpecitos al recibo—. Este del este, ¿vamos a verlo o no?

Fueron primero al este. El estudio estaba encima de un local de fideos, con la ventana frente a un extractor. A las quince cuarenta, al final del almuerzo, el ventilador rugía. En la habitación solo había una cama y una mesa, con papel bajo las patas. El casero Wu dijo que de noche estaba tranquilo y al mediodía hacía ruido; el precio, mil ochocientos, y el anticipo podía descontarse del primer mes.

Lin Wanzhou se quedó tres minutos dentro de aquel ruido. Calculó el trayecto: ahora, setenta minutos de ida; desde allí, veinte a pie hasta el estudio. El trozo de sueño que perdía de día, más o menos, lo repondría lo que se ahorraba en el camino. Preguntó si podía añadir una cortina gruesa. El casero Wu dijo que la cortina corría de su cuenta.

El dormitorio de la estación oeste era aún más pequeño. Fuera de la ventana había una explanada de aparcamiento, y entraba el resplandor de las pantallas de despacho. Cheng Yi'an se quedó un rato junto a la ventana escuchando los motores.

—Para mí este sonido es un despertador. Para ti es ruido. Así que esta cama no puede contar como plan para dos.

En el autobús de vuelta a la calle Huai'an, ella escribió las cuentas en el reverso del recibo. Él dictaba los números. Ella los apuntaba.

Depósito de cuatro mil trescientos, no reembolsable: dos mil ciento cincuenta cada uno. Él se quedaría en la casa vieja del uno al tres de noviembre. La hermana Chen, por teléfono, había aceptado cobrar doscientos al día, seiscientos por tres días, a cargo de él, sin cobrar el mes completo de cinco mil seiscientos. Ella se mudaría al este el veintiocho de octubre; el anticipo descontaría el alquiler. Él entraría en el dormitorio el tres de noviembre, novecientos al mes. Si los dos se quedaban, desde noviembre serían dos mil ochocientos cada uno, y aún habría que buscar un compañero de piso de verdad. El sofá seguiría sin poder contar como cama.

La llamada la hizo él, en altavoz. La hermana Chen solo preguntó si la casa estaba dañada, no por qué se separaban. Él dijo que la goma de la nevera estaba vieja y que ellos no la habían estropeado. Ella dijo que la goma de todos modos había que cambiarla, que el depósito se descontaría igual y que podían quedarse tres días.

Después de colgar, el autobús llegó a la parada. Ella volvió a meter en el diccionario el recibo lleno de números.

—La cena de esta noche —preguntó—, ¿es esa frase de la nota?

—Es terminarnos de comer estos números —dijo él.

Capítulo 5. Devuélveme la lámpara

El veintiocho de octubre, las cajas de ella estaban de pie junto a la puerta. Cheng Yi'an había cambiado medio día de turno; el turno de mañana del jueves quedaba compensado, y en el cuadrante de despacho aquella casilla estaba marcada a lápiz como cambio.

Las notas de la puerta de la nevera las fueron despegando una a una. Azules, amarillas. Quedó la marca del adhesivo. Cierra la nevera con cuidado. No toques la leche del segundo estante. No te duches antes de las seis. El sofá no es una cama; si se va la persona, se van los zapatos. Esta última ya había caducado. La huella de las zapatillas de Liang Kai se había desvanecido en el felpudo. Él estaba en el almacén de aprendices.

—¿Lo de colocar bien los zapatos sigue haciendo falta? —preguntó ella.

—Hace falta —él metió aquella nota amarilla en el bolsillo lateral de la maleta—. Esta no tiene historia, pero si la veo, la caja también me queda derecha.

La leche se la dejó a él para antes de la mudanza. Tachó el nombre con lápiz y lo reescribió: se puede beber. Él alargó la mano para desenchufar el microondas, vio que ella aún iba a calentar las sobras, detuvo la mano y volvió a enchufarlo. El piloto se encendió un poco de rojo.

La comida era tomate con huevo. La luz era la del techo. A mitad de la comida, él dejó dos llaves sobre la mesa. La de ella llevaba un cordón rojo. Dijo que el día tres, al entregar la casa, devolvería las dos juntas.

—En el local de fideos del este, los jueves hay poca gente. Si antes del turno de noche tienes un hueco, baja a las seis a comer. Si no quieres, haz como si no lo hubiera dicho. La de «la cena te espera» la hemos despegado hoy.

Lin Wanzhou no respondió. Desató el cordón rojo de la llave vieja, lo ató a la llave nueva del este, la guardó en el bolsillo y fotografió las ventanas y los contadores de agua y luz para mandárselos a la hermana Chen. Chen contestó un «vale». Los ochocientos de su madre ya los había transferido antes de salir. El saldo todavía alcanzaba para el mes siguiente en el este.

Cheng Yi'an metió la lámpara de mesa en su caja.

—De noche te hará falta.

—Tú todavía llegas hasta el día tres —ella dejó la lámpara otra vez en su silla—. Devuélvemela en la puerta del estudio, el día tres a las siete de la tarde. Si te compras una nueva, no hace falta que vayas.

Él miró la lámpara.

—Entonces voy.

Ella arrancó una nota azul y escribió: jueves. Local de fideos. Si llego tarde, lo escribo en un papel. Metió la nota en la funda del termo de él. Por fuera de la funda había una mancha vieja de café. Él la abrió, echó un vistazo y la cerró.

En el vestíbulo había dos pares de zapatos: uno en sus pies, otro junto al zapatero, con las puntas hacia dentro. Ella sacó la maleta. La rueda se enganchó un momento en el umbral.

La puerta de la nevera se cerró. La goma sonó una vez. La puerta del ascensor estaba abierta y la maleta no cabía de través. Cheng Yi'an la cargó y bajó un tramo. Ella la recogió en el rellano del tercero. El tubo de la luz parpadeó dos veces y siguió encendido. Él dejó un rollo de cinta en el lado exterior de la maleta y dijo que las patas de la mesa del este estaban calzadas con papel y no estaban firmes.

La luz de la planta baja era blanca. Él soltó la maleta y la vio enderezar las ruedas. En ellas se había pegado una brizna de papel, de esas con las que se calzan las patas de una mesa. Él dio media vuelta y subió. Los pasos se detuvieron en el cuarto. La puerta sonó una vez.

Ella abrió la bolsa de lona y solo entonces vio que no se había llevado el diccionario. El recibo seguía dentro. Dejó la maleta en la planta baja, subió corriendo al cuarto y llamó dos veces. Cheng Yi'an abrió. En la mano seguía teniendo aquel termo. El diccionario estaba en la silla, junto a la lámpara. Ella lo metió en la bolsa y no entró en la cocina.

Al bajar, las ruedas rodaron sobre las baldosas: un golpe, otro, y salieron por la puerta del edificio.

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