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Antes creía que solo los hombres podían ser unos pervertidos, pero después de lo que viví la semana pasada comprendí que, cuando una mujer se convierte en loba, no se queda ni un ápice por detrás de nosotros, los hombres.
El fin de semana pasado fui a un baile de cumpleaños y conocí a una chica de poco más de veinte años, de aspecto provocador y ropa sensual. Hablaba con una desfachatez absoluta y, a simple vista, era el tipo de mujer con la que se pasa una noche y nada más. Solo que su impaciencia sexual superaba con creces lo que yo había imaginado.
Llevábamos apenas media hora de conocernos y unos minutos bailando pegados cuando ya me arrastraba a toda prisa hacia el baño. Su intención me quedó clarísima.
Nada más entrar, cerró la puerta con una mano y, con la otra, se metió dentro de mis pantalones. Cinco dedos que parecían delicados y de jade, pero que en realidad eran garras hambrientas, expertas y firmes, se lanzaron sobre mi miembro y empezaron a acariciarlo y a apretarlo sin piedad.
¿Cómo iba yo a quedarme atrás? Metí la mano bajo su minifalda y me encontré con una marea de primavera desbordada: las bragas estaban como recién empapadas, y un líquido viscoso le resbalaba por la cara interna de los muslos, lisos y brillantes. A través de aquella tela fina y suave, presioné con suavidad a las puertas del jardín de los melocotones y me dediqué a provocarla a placer.
Estaba a punto de estallar. No pasó ni medio minuto cuando un espasmo la recorrió y, para mi asombro, llegó al orgasmo.
Le desabroché la camisita, le tomé los dos pechos firmes entre las manos y los acerqué a mi boca, dispuesto a probar por fin el sabor de aquella leche fresca. Pero ella me empujó de golpe, se quitó de un tirón la minifalda que aún le quedaba, y un bosque negro y espeso, denso como la selva del Amazonas, desprendió una tentación primitiva.
Desnuda, me fue quitando la ropa pieza por pieza hasta dejarme en cueros. Luego me llevó a la bañera, abrió la ducha y el agua nos cayó encima sin enfriar ni un grado el fuego que la consumía. Se arrodilló despacio, me sostuvo el tesoro con delicadeza, lo acarició un par de veces con la mano y sacó la lengua, roja y viva, para lamer la punta morada. Aquella lengua ágil giraba a toda velocidad sobre la cabeza… Después empezó a metérselo entero en la boca. Su cabeza iba y venía, y de las mejillas hundidas brotaba un chupar húmedo y continuo. Con una mano me sujetaba el miembro; con la otra no se quedaba quieta y me masajeaba suavemente los testículos. Oleadas de placer me subían desde el bajo vientre y se estrellaban contra el glande, que golpeaba una y otra vez el fondo de su garganta… Justo cuando ya no podía más, se detuvo de pronto, colocó el pulgar y el índice en la parte alta y apretó con fuerza. Menuda técnica: al instante me arrancó del borde de la explosión.
Se puso de pie, apoyó la espalda en la pared, abrió las piernas y, con las dos manos, me tomó la cabeza y la fue acercando poco a poco a su bosque negro. Me agaché, aparté la maleza espesa y vi cómo gotas cristalinas, mezcladas con su flujo, brillaban en la entrada rosada y pálida de aquella gruta…
Saqué la lengua y empecé a lamer con suavidad la perla que coronaba la abertura. Cada embestida le arrancaba un leve estremecimiento y un jadeo entrecortado. Poco a poco aceleré; sus caderas comenzaron a mecerse. Le succioné la perla con los labios mientras los dedos entraban y salían sin descanso de la gruta. Sus gemidos se hicieron más fuertes. Cerró los ojos y el balanceo de las caderas se volvió cada vez más violento. Una y otra vez se apretaba contra mi boca, hasta que la respiración pesada se cortó tras un último espasmo. Después de aquel orgasmo, las mejillas se le pusieron sonrosadas. Nos tumbamos en la bañera a descansar unos minutos. Enseguida su mano volvió a inquietarse, y bajo sus caricias mi miembro empezó a izar bandera. Se levantó de la bañera y me incorporó con ella. Salí detrás. Se dio la vuelta, de espaldas a mí, se inclinó, agarró el borde de la bañera con ambas manos y me miró por encima del hombro con unos ojos lujuriosos. Tenía el trasero alto, las piernas abiertas, y los labios carnosos asomaban entre el bosque negro con un brillo irresistible. Al ver aquellas piernas largas y la curva perfecta de sus nalgas, la bandera de mi miembro se alzó todavía más…
—… ¡Ven ya!
—… ¡Oh!
Volví en mí, cerré la boca que ya se me hacía agua y acerqué mi sexo a su jardín. Me incliné: con una mano le acaricié el pecho abundante y con la otra guié el miembro, rozando desde atrás los labios de la gruta, frotándolos despacio…
—… ¡No me provoques así!
—… Je, je…
La miel que brotaba de aquellos labios empapaba el glande morado. Lo introduje con suavidad, dejé que el borde del glande se hundiera dentro y enseguida lo retiré, saboreando el roce de aquella corona contra la entrada…
Aunque ya había tenido dos orgasmos, su deseo parecía aún más encendido. Movía las caderas hacia atrás una y otra vez, empujando para que entrara más hondo. Yo seguía jugando con ella. De improviso alargó una mano, me agarró el trasero y empujó el suyo hacia atrás de un golpe. Con un chapoteo húmedo, el miembro se hundió entero en su gruta. Soltó un gemido ahogado, echó un poco la cabeza hacia atrás, alzó aún más las caderas, y las paredes internas me apretaron con fuerza mientras empezaba a moverse adelante y atrás…
Yo tampoco me quedé corto. Le sujeté la cintura y empecé a embestir como un pistón. Sus gemidos crecían, mezclados con el chasquido de las nalgas al chocar y con el chapoteo húmedo de cada entrada… Una sinfonía salvaje de sexo resonaba sin cesar en el baño…
Seguí empujando con todas mis fuerzas. Sus labios se abrían y se cerraban al ritmo de mis entradas y salidas, y la miel, siguiendo el movimiento, le resbalaba despacio por ambos muslos… De pronto se detuvo, se volvió y me arrastró hacia la bañera. Me tumbó en el fondo, me agarró el miembro, lo apoyó contra sus labios y se sentó encima. Yo estaba tendido en el fondo, con poco espacio para moverme, y no me quedó más remedio que dejarme llevar.
Sus pechos me rebotaban delante de los ojos, la cintura de avispa se mecía a un lado y a otro, y la boca se le curvaba en una sonrisa de primavera. Poco a poco sentí cómo sus labios y sus paredes me apretaban cada vez más. Sus gritos subían de volumen hasta que, en una cabalgada frenética, soltó un rugido ahogado y se desplomó sobre mi pecho. Bajo su asalto, mi energía también había llegado al borde de la explosión. Cuando cayó sobre mí, el miembro, aún pegado a sus labios, seguía latiendo suavemente dentro de ella. Pasó cerca de un minuto. Abrió los ojos. Dentro de aquella gruta que lo ceñía, yo seguía duro como el hierro. Notó que aún no estaba saciado, se dio la vuelta, me lo agarró y se lo metió en la boquita de cereza, roja y húmeda. La cabeza subía y bajaba a toda velocidad. El miembro, que ya estaba en el límite, bajo aquella succión incesante, dejó escapar la avanzadilla más allá del control…
Sintió el líquido que rezumaba del glande, volvió la cara y me miró con una sonrisa. Una mano no dejaba de subir y bajar a toda prisa. Mi energía había llegado al tope. De pronto un escalofrío me recorrió el bajo vientre y la primera salva le estalló en la cara sonriente…
Al darse cuenta de que había empezado a correrme, se volvió de inmediato, volvió a envolver con la boquita de cereza el miembro que seguía disparando y succionó con fuerza. Yo temblaba de la cintura para abajo y descargaba una salva tras otra dentro de su boca. Ella no desperdició ni una gota: se lo tragó todo. Yo me quedé sin fuerzas, derrumbado en el fondo de la bañera, mientras ella seguía lamiendo el miembro que ya empezaba a aflojar. La lengua y los labios de cereza lo envolvían entero. Cerré los ojos y me entregué a aquel último placer y al alivio de haber soltado por fin la tensión…
En medio del aturdimiento, desde la puerta del baño llegó un golpeteo. Alguien llamaba.
—… ¡Eh! ¿Los de dentro podéis daros prisa?
Pensando que fuera podía haberse formado una cola enorme, me levanté enseguida y me vestí a toda prisa. Ella, en cambio, seguía tumbada en la bañera como si nada, abrió el grifo y, por lo visto, se disponía a darse un baño de belleza.
No me quedó más remedio que preguntarle por cortesía:
—… Me voy. ¿Tú te quedas aquí?
—… Sal tú primero. Quiero quedarme un rato más. Ah, por cierto, ¿no había alguien llamando a la puerta? Que pase. Y se me olvidaba decirte: tu actuación de hoy ha sido, como mucho, de notable bajo. Si se presenta la ocasión, tendrás que practicar bastante más…
La miré, esbocé una sonrisa amarga, me arreglé la ropa y me fui.
Me fijé en que el hombre que entró después tardó mucho en salir. Lo que ocurrió dentro del baño no hacía falta preguntarlo. Más tarde no pude evitar preguntarme: aquella noche, ¿el cuántos había sido yo?