La loba misteriosa

NOVEL · SECTION 01 OF 01 · Español

La loba misteriosa — Section 1

La loba misteriosa: una obra destacada de ambiente urbano y laboral, seleccionada por la Biblioteca Unificada de Medios. Guía de la trama: antes creía que solo los hombres podían ser unos lobos. Tras lo de la semana pasada, descubrí que cuando una mujer se convierte en loba no se queda nada corta frente a nosotros. Llevábamos media hora de conocernos y unos minutos de baile a tres contactos cuando ya me arrastraba a toda prisa al baño. Su intención me quedó clarísima……

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THE READING ROOM

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Contents · 1 sectionsSection 1

01 / 01

Section 1

Antes creía que solo los hombres podían ser unos salidos, pero después de lo que viví la semana pasada comprendí que, cuando una mujer se convierte en loba, no se queda en nada por detrás de nosotros, los hombres.

El fin de semana pasado fui a un baile de cumpleaños y conocí a una chica de unos veinte y pico. Tenía un aspecto provocador y vestía de forma sensual. Hablaba con descaro, y a simple vista se notaba que era el tipo de mujer con la que se puede pasar una noche. Solo que su impaciencia superaba con creces lo que yo había imaginado.

Llevábamos apenas media hora de conocernos y unos minutos bailando pegados cuando ya me arrastraba a toda prisa hacia el baño. Su intención me quedó clarísima.

Nada más entrar, echó el cerrojo con una mano mientras la otra se metía ya dentro de mis pantalones. Cinco dedos que parecían de jade, finos y delicados, pero que en realidad eran las garras hambrientas y expertas de una lujuriosa, se lanzaron con furia sobre mi pajarito, acariciándolo y apretándolo sin piedad.

¿Y cómo iba yo a quedarme atrás? Metí la mano bajo su minifalda y me encontré con una marea de primavera desbordada: las bragas estaban como recién empapadas, y un flujo pegajoso resbalaba sin cesar por la cara interna de sus muslos lisos. A través de la tela suave, presioné con suavidad fuera de aquel manantial de melocotón, provocándola a mi antojo.

Estaba a punto de estallar al menor contacto. No pasó ni medio minuto cuando ya se estremecía en espasmos y, para mi sorpresa, alcanzaba el orgasmo.

Le desabroché la camisita de arriba y tomé en las manos aquellos dos pechos erguidos, acercándolos a mi boca. Justo cuando iba a probar el sabor de aquella leche fresca, ella me apartó de un empujón, se quitó de un tirón la minifalda que aún le quedaba, y un bosque negro y tupido, como la selva de la cuenca del Amazonas, desprendió una tentación primitiva.

Desnuda, me fue quitando la ropa pieza por pieza hasta dejarme completamente en cueros. Luego me llevó a la bañera, abrió la ducha y el agua nos salpicó el cuerpo, pero no enfrió ni un ápice el fuego de su deseo. Se arrodilló despacio, me sostuvo el tesoro con delicadeza, lo acarició un par de veces con la mano y sacó su lengua de un rojo intenso para empezar a lamer la punta violácea. Aquella lengua ágil giraba a toda velocidad sobre la cabeza de mi tesoro… Después empezó a metérselo entero en la boca. Su cabeza iba y venía, y de las mejillas hundidas brotaba un chupar húmedo y continuo. Con una mano me agarraba el tesoro; la otra tampoco estaba ociosa y me masajeaba suavemente los dos huevos. Oleadas de placer me subían desde el bajo vientre y se precipitaban hacia el glande, que no dejaba de golpearle la garganta… Justo cuando ya no podía más, ella se detuvo de pronto, colocó el pulgar y el índice en el extremo de mi tesoro y apretó con fuerza. Menudo dominio: en el acto me arrancó del borde de la explosión.

Se puso de pie, apoyó la espalda en la pared, abrió las piernas y, sosteniéndome la cabeza con ambas manos, la fue acercando poco a poco a su bosque negro. Me agaché, aparté aquella maleza espesa, y unas gotas cristalinas mezcladas con su flujo brillaban en la boca rosada y clara de la cueva del melocotonero…

Saqué la lengua y empecé a lamer con suavidad la perla que había justo encima de la entrada. A cada embestida ella se contraía levemente y dejaba escapar un jadeo confuso. Poco a poco fui acelerando. Sus caderas empezaron a balancearse. Le succioné la perla con los labios mientras los dedos no dejaban de entrar y salir de la cueva. Sus gemidos se hicieron más fuertes. Tenía los ojos cerrados y el vaivén de las caderas se volvía cada vez más violento. Una y otra vez se apretaba contra mis labios, hasta que aquella respiración pesada se detuvo por fin tras un último estremecimiento. Después del impacto de aquel orgasmo, las mejillas se le pusieron sonrosadas. Nos tumbamos en la bañera a descansar unos minutos. Entonces su mano volvió a inquietarse, y bajo sus caricias mi pajarito empezó a izar la bandera. Ella se levantó de la bañera y me levantó a mí también. La seguí fuera. Se dio la vuelta, de espaldas a mí, se inclinó hacia delante, se agarró al borde de la bañera con las dos manos y me miró por encima del hombro con una mirada lujuriosa. Tenía el trasero bien alto, las piernas abiertas, y los labios carnosos asomaban y se escondían entre el bosque negro, despidiendo un brillo irresistible. Al ver sus piernas largas y la curva perfecta de sus nalgas, la bandera de mi pajarito se alzó todavía más…

—… ¡Ven ya!

—… ¡Ah!

Volví en mí, cerré la boca que ya se me hacía agua y acerqué mi parte baja a su manantial de melocotón. Me incliné. Con una mano le acariciaba el pecho abundante; con la otra sostenía mi pajarito y, desde atrás, lo apoyé contra los labios de la entrada de su cueva y empecé a frotarlo con suavidad…

—… ¡No me provoques así!

—… Je, je…

La miel que manaba de aquellos labios de almeja empapaba el glande violáceo. Introduje mi pajarito con cuidado entre ellos, dejé que el paraguas del glande se hundiera en la cueva y enseguida lo retiré, disfrutando del roce de aquella corona contra la boca de los labios…

Aunque ya había tenido dos orgasmos, su deseo parecía aún más encendido. Movía las caderas una y otra vez hacia atrás, empujando, queriendo que la penetrara más hondo. Yo seguía provocándola con malicia. De improviso, ella echó una mano hacia atrás, me agarró el trasero y empujó el suyo contra mí de un golpe. Con un chapoteo húmedo, mi pajarito se hundió entero en su cueva del melocotonero. Ella soltó un gemido ahogado, alzó un poco la cabeza y levantó aún más las caderas. Las paredes de carne del interior apretaban mi tesoro, y empezó a moverse adelante y atrás…

Yo tampoco me quedé atrás. Le sujeté la cintura con fuerza y comencé a embestirla como un pistón. Sus gemidos se hicieron cada vez más fuertes, acompañados del enorme plas, plas de las nalgas al chocar y del… chap… chap… de cada embestida. Una sinfonía salvaje de sexo no dejaba de resonar en el baño…

Me esforzaba en entrar y salir. Sus labios de almeja se abrían y se cerraban al ritmo de mi tesoro, y la miel, siguiendo aquel movimiento, le resbalaba despacio por ambos lados de los muslos… De pronto ella se detuvo, se dio la vuelta y me arrastró hacia la bañera. Luego me tumbó en el fondo, me agarró el tesoro con una mano, lo apoyó contra sus labios de carne y se sentó encima sin más. Yo estaba echado en el fondo de la bañera, con muy poco espacio para moverme, así que no me quedó más remedio que dejarme manejar.

Sus pechos me bailaban sin parar delante de los ojos. La cintura de avispa se mecía a un lado y a otro, y en la comisura de los labios le asomaba la primavera. Poco a poco sentí que mi tesoro quedaba cada vez más apretado entre sus labios y sus paredes. Sus gritos también crecían. Tras una cabalgada rápida, soltó un rugido ahogado y se desplomó sobre mi pecho. Bajo su ataque, mi energía se había acumulado hasta el borde de la explosión. Después de que ella cayera, mi tesoro seguía apoyado contra sus labios y palpitaba suavemente dentro de sus paredes. Pasó cerca de un minuto. Ella abrió los ojos. En aquel momento, mi tesoro, aún encajado en la cueva que lo apretaba, seguía duro como el hierro. Notó que yo no había quedado satisfecho, así que se dio la vuelta, me agarró el tesoro y se lo metió en aquella boquita de cereza de un rojo intenso. Su cabeza subía y bajaba a toda velocidad. Mi pajarito, que ya estaba en el límite, bajo la succión incesante de aquella boca pequeña, dejó escapar a la avanzadilla más allá del control…

Ella sintió el líquido que rezumaba de mi glande, volvió la cabeza y me miró con una sonrisa. Una mano, entretanto, seguía subiéndome y bajándome a toda prisa. Mi energía había llegado ya al límite. De pronto, un escalofrío me recorrió el bajo vientre, y la primera salva de honor estalló sobre su cara sonriente…

Al darse cuenta de que yo disparaba, se apresuró a volver la cabeza. Su boquita de cereza volvió a envolver el pajarito en plena erupción y succionó con fuerza. Yo temblaba de la cintura para abajo y disparaba dentro de su boca una andanada tras otra. Ella no desperdició ni una gota: se lo tragó todo. Yo me derrumbé sin fuerzas en el fondo de la bañera, y ella seguía lamiendo el tesoro que ya se desvanecía. La lengua y los labios de cereza envolvían mi pajarito entero. Cerré los ojos y disfruté de aquel último placer y del alivio que sigue a la liberación…

En medio de aquel aturdimiento, desde la puerta del baño llegó un golpeteo. Parecía que alguien llamaba.

—… ¡Eh! ¿Los de dentro pueden darse prisa?

Pensando que fuera quizá se había formado una cola larguísima, me levanté enseguida y me vestí a toda prisa. Ella, en cambio, seguía tumbada en la bañera como si nada, abrió el grifo y, por lo visto, se disponía a darse un baño de belleza.

No me quedó más remedio que preguntarle por cortesía:

—… Me voy. ¿Tú te quedas aquí?

—… Sal tú primero. Quiero quedarme un rato más. Ah, por cierto, ¿no acaba de llamar alguien a la puerta? Déjalo entrar. Y se me olvidaba decírtelo: tu actuación de hoy ha sido, como mucho, de notable bajo. Si se presenta la ocasión, tendrás que practicar mucho más…

La miré, esbocé una sonrisa amarga, me arreglé la ropa y me fui.

Me fijé en que el hombre que entró después en el baño tardó muchísimo en salir. Lo que ocurrió allí dentro no hacía falta preguntarlo. Más tarde no pude evitar preguntarme: aquella noche, ¿el cuántos había sido yo para ella?

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