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## Prólogo
La unidad de combate de Escorpio informó de la situación y recibió del mando de Zhenxinke la siguiente instrucción: «El personal ya ha sido enviado a reforzar otras unidades, de modo que no queda tropa disponible. Solo pueden contar con que su unidad siga combatiendo.»
Una respuesta así de fría.
«¿Cómo es posible…?»
Murmuró el piloto sentado en la cabina del caza espacial noctámbulo «Sanktirpa».
«¿En qué están pensando esos de Zhenxinke? Si lo dejamos clarísimo en el informe: “Confirmada presencia hostil en el astropuerto”.»
«Piensan abandonarnos. Total, si perdemos, tampoco es que pierdan gran cosa.»
Llegó, como si nada, la comunicación del aparato compañero «Torinikdoda».
«Aunque nos llamen noctámbulos, al fin y al cabo esta unidad no es más que un grupo armado a duras penas con cazas ligeros del modelo Crepúsculo. Así que no van a destinarnos cazas de primera línea de verdad.»
«Pe-pero… ¡esta escuadra ya ha perdido al “Tadartorus”! ¡Ese traidor terrible, el “Veltomyanst”, nos ha derrotado! Y aun así…»
«Cálmate, Sanktirpa.»
Quien habló, en tono de reproche, fue el jefe de escuadra, «Rakishi Eya».
«Porque desde el principio estaba claro: este plan de operaciones se emitió dando por sentada la presencia del enemigo.»
«Mmm…» «Sanktirpa» se aquietó un poco. Entonces se sumó otra voz.
«Este es el espacio en el confín del sistema solar, más cerca del Origen Estelar que del propio Sol, y no pertenece a la esfera de influencia del Ejército Unido de la Humanidad. Mientras estemos aquí…
## 1. El mundo es estrella
1 En el apartado de horóscopos de la web del móvil ponía: «Hoy el signo de Aries tiene un día pésimo en todos los frentes. Conviene actuar con prudencia y juzgar con calma; lo mejor es no comprar por impulso».
(Vaya, ¿y ahora qué…)
Hinata Mari estaba de mal humor. Había salido a comprar y solo al llegar al centro vio aquel mensaje; la ilusión, que no era poca, se le enfrió de golpe, como si le hubieran echado encima un cubo de agua helada.
(Uff… ¿qué hago…?)
Sentada sin ganas en un banco de la plaza frente a la estación, Mari soltó un suspiro. Rumi, que debía acompañarla, le acababa de mandar un mensaje: «Perdona, hoy no puedo ir contigo».
Podía darse la vuelta y volver a casa, pero eso también le sabía a derrota. Y eso que era un domingo que no se presentaba todos los días.
Sobre todo porque no había decidido qué comprar, cerca no había ninguna gran rebaja y no encontraba nada que le apeteciera hacer de verdad. Aunque se dijera que podía pasear sin más…
(Si acaba de decir que lo mejor es no comprar por impulso…)
Mari no era de las que se creen mucho los horóscopos, pero en aquella situación tampoco le quedaban ganas de llevarles la contraria a propósito.
No hay actividad más vacía que ir de tiendas con la compra impulsiva prohibida. Ir de tiendas tiene gracia precisamente porque uno va pensando «¿me lo llevo o no?». Aunque se enfadara y se empeñara en serio en buscar algo tan bueno que le dieran ganas de saltarse el horóscopo y comprarlo, tampoco iba a disfrutar. Era para desesperarse.
(Ay, de verdad que no tengo ni una pizca de ánimo…)
Justo cuando recorría los alrededores con una mirada de aburrimiento absoluto, sin rumbo.
«¿Eh?» Los ojos de Mari…
## 2. La estrella es mentira
1 An no tenía lo que se llama «padres». Era una sintética creada por la ciencia.
La humanidad, a punto de hacer realidad el sueño de partir al espacio, puso en marcha, bajo el lema de «hacer frente a las crisis desconocidas que pudieran existir en el cosmos», el «Proyecto Definitivo de Defensa Espacial». Como parte de él, en el plan de desarrollo de un caza espacial dotado de todas las armas imaginables y de una movilidad llevada al límite, dos propuestas fueron estudiadas a fondo.
La primera: ante la enorme necesidad de procesar información en un combate tridimensional a velocidades superlumínicas previsibles, entregar por completo el control de un aparato totalmente no tripulado a la inteligencia artificial. Era la propuesta de la «mecanización óptima».
La otra: quien va al espacio sigue siendo el ser humano, así que la clave de ese sistema de defensa no puede prescindir de la voluntad humana. Era la propuesta del «pilotaje tripulado».
Aunque desde el principio la mecanización óptima recibió más atención porque, en el plano técnico, resultaba más fácil de llevar adelante, los cimientos del caza superlumínico acababan de completarse y aún eran borrosos. Bajo un poder tan desmesurado, a nadie se le había ocurrido preguntarse: «Si ocurre un accidente, ¿quién responde?».
En el siglo pasado, el uso de las armas nucleares correspondía al máximo responsable del gobierno que las administraba, o a alguien de rango equivalente. Solo esas personas tenían la mano sobre el interruptor. Y se calculaba de antemano qué daños produciría una explosión. Pero ¿y el caza superlumínico?
Porque, en el instante de decidir emplear esa arma, no había en absoluto…
## 3. La mentira es enemiga
1 «¡Ah, Yingli!»
De camino al instituto, Hinata Mari vio a la compañera de clase con la que el domingo anterior había ido a la pastelería y la llamó. Al oírla, An se volvió.
«¡Ah, Mari! Eh… ¿cómo se saluda por la mañana…? Ah, sí, se dice “buenos días”, ¿verdad?»
Soltando una de esas frases de siempre, tan desconcertantes, An le hizo un gesto con la mano.
«Muchas gracias por lo de ayer.»
Echó a correr hacia Mari y, de pronto, se puso a darle las gracias.
«¿Eh? Ah, ¿te refieres a haberte llevado a Rafael? No fue nada.»
Mari le había enseñado aquella pastelería que ella no conocía.
«No. Te doy las gracias porque eres mi salvadora.»
«No exageres…» Mari se rio.
Entonces An dejó asomar una expresión un poco solitaria. Mari ni siquiera tuvo tiempo de notar que algo no encajaba: An recuperó enseguida la sonrisa de antes, afable.
«En fin, de verdad, muchísimas gracias.»
«¿Entonces volvemos juntas a esa tienda otro día?»
«Sí, sí. Y que invite Gongfen.»
Las dos chicas rieron a carcajadas.
En clase, Mari no podía quitarse aquello de la cabeza y no dejaba de mirar de reojo hacia An.
Creía que An estaría embobada mirando por la ventana, pero no: o tenía los ojos clavados en la cara del profesor, o no miraba en absoluto lo que había escrito en la pizarra y se concentraba en escribir en el cuaderno.
«Yingli, sal tú a resolver este problema.»
«Parece dificilísimo… ¿dónde aprendiste esas cosas?»
Y An, sin gesto de disgusto y tampoco con cara de querer caer bien, conversaba con los compañeros con toda naturalidad…
## 4. El enemigo es un vacío
1. La andanada múltiple de haces que Rakishi Eya disparó desde larga distancia, concentrándola en un solo punto, alcanzó limpiamente el pecho del Veltomyanst, que flotaba en el espacio, atravesó su blindaje de rebote y lo destrozó.
El lugar que eligió era el mismo contra el que, en tantos enfrentamientos anteriores, los aparatos compañeros habían seguido atacando a sabiendas de que no podían romperlo. Apuntando a aquel punto ya debilitado, Rakishi Eya ejecutó con decisión un disparo de precisión, fino como enhebrar una aguja.
Por supuesto, aquella acción era imposible para el aparato de Rakishi Eya en solitario. Porque la guerra de manipulación de información que libró Torinikdoda, bloqueando desde dentro los movimientos del enemigo y creando la ocasión del disparo, privó al Veltomyanst de la oportunidad de reconectarse con el núcleo, y solo así le dio a Rakishi Eya la oportunidad de atacar.
(Pero nosotros también hemos pagado un precio terrible…)
La atención de Rakishi Eya se volvió hacia el espacio a su espalda.
Allí flotaba el aparato de Torinikdoda, cuyo núcleo ya había sido destruido y cuyas funciones se habían detenido. Un aparato sin control vaga así, sin fin, para siempre, hacia la lejanía.
De la unidad de combate de Escorpio, que contaba con cuatro noctámbulos, ya solo quedaba él. Lo que debía haber sido una simple misión de reconocimiento se había cobrado un sacrificio demasiado grande.
Pero aquello también iba a terminar muy pronto.
En el instante de aplastar al hombre vacío, lo único que quedaba era destruir el astropuerto, que por eso mismo había quedado indefenso.
Rakishi Eya, mientras abría los brazos armados para preparar el bombardeo, surcaba a velocidad de combate el confín del sistema solar…
## 5. El vacío es persona
1. «¡An!»
Sanqiu Liao, que había salido un momento del mundo ficticio al exterior, vio a An caer de la torre alta con el pecho atravesado y regresó a toda prisa.
Pero aquel llegar tarde fue la clave fatal.
En el pecho de An se abrió un agujero tan grande que se veía el otro lado; los pulmones y el corazón quedaron destruidos por completo. Del borde del agujero brotaba sangre a raudales y, mientras la sangre se esparcía en el cielo nocturno, su cuerpo caía desde la torre hacia el suelo.
«¡Plas…!» Aquel sonido espantoso resonó en el mundo.
Cuando Gongfen llegó corriendo, ya solo quedaban pedazos de carne dispersos por todas partes.
«Ah, Dios…»
Se dejó caer, abatido, junto a los restos de An. Aunque aquel fuera un mundo ilusorio, convertirse en carne despedazada de aquel modo significaba… qué había sido de la verdadera An, dentro del Veltomyanst, en el espacio… y eso era algo que no se podía ni imaginar.
«Có-cómo ha podido pasar… To-todo es culpa mía…»
La desesperación y la impotencia lo aplastaron. ¿Qué clase de apoyo era él? Al final, no solo no había ayudado a An: su propia incapacidad equivalía a haberla matado.
Sobre la cabeza de Gongfen, Rakishi Eya, convertido en torre de emisión de ondas, estaba mostrando su forma verdadera.
De una torre de acero compleja se transformaba en un noctámbulo de aspecto todavía más complejo.
Con un chasquido abrió los brazos armados, que parecían los de un murciélago gigante, y Rakishi Eya alzó el vuelo hacia el cielo nocturno. En aquel mundo ya no existía nadie capaz de detenerlo.
Para proteger al único ser humano que…
## 6. La persona es el mundo
En la calle, con el sol poniéndose, los estudiantes que volvían de clase y los oficinistas y las empleadas que terminaban la jornada formaban un gentío ruidoso.
La plaza frente a la estación estaba especialmente animada: parejas que habían quedado, estudiantes de secundaria ya excitados antes incluso de llegar a su destino, y todos dejaban oír voces entrañables. Los oficinistas de traje también aflojaban la tensión de todo el día y, relajados, caminaban pensando: «¿Adónde voy ahora a despejarme?».
Entre la multitud apretada había uno: un hombre sentado en un banco, exhausto, sin fuerzas. Su edad estaba a medio camino entre la adolescencia y la juventud. De no estar tan demacrado, bien podría decirse que tenía un rostro de facciones muy atractivas. Si alguien dijera que era modelo, la gente lo creería con facilidad. Sin embargo, ahora estaba agotado y le faltaba aquel brillo lustroso.
Sus ojos apagados tenían la mirada caída sobre el asfalto. Una mirada sin fuerza, como si no le entrara nada en los ojos.
Nadie reparaba en él. Cada cual tenía sus propios asuntos y pasaba delante de él con paso seguro. Él, mientras dejaba que la gente le cruzara por delante, solo permanecía allí, aturdido.
Pero una voz le habló.
«Perdone, ¿podría preguntarle…?»
Al oírla, levantó la cabeza. Delante de él había una mujer. Llevaba una camiseta holgada de color liso y unos vaqueros. El pelo, recogido de cualquier manera en un moño en la nuca, y gafas en la cara. Un aspecto que costaba llamar muy limpio y arreglado; tenía un aire un poco pueblerino.
«…»
Él alzó la vista hacia aquella mujer con una mirada perdida.
…
## Epílogo. Danza como el viento, parpadea como las estrellas
Aunque tengo muy mala vista, tengo la costumbre de vivir sin llevar casi nunca esas cosas llamadas gafas, y voy paseando la vida por un paisaje todo borroso. Así, sin gafas, no veo nada, y las estrellas del cielo nocturno tampoco las veo en absoluto. La luna parece dos o tres lunas superpuestas. Por eso, en cuanto me pongo las gafas, de pronto aparecen uno a uno puntos de luz en el cielo oscuro, y me parece bastante extraño. Por supuesto, esos puntos ya brillaban antes de que me pusiera las gafas; no es que las gafas los hagan nacer. Pero, desde mi punto de vista, siempre tengo la sensación de que las estrellas aparecen junto con las gafas. No es que lo invisible se vuelva visible, sino que quizá sean las gafas las que sueltan la luz y hacen que aquello parezca estrellas. En fin, aunque desde luego es una ilusión, ¿cómo decirlo?: el estado de ánimo con el que uno quiere alzar la vista al cielo nocturno, a veces, es de inquietud, y a veces de dudar qué es correcto y qué es erróneo. Surgen esas sensaciones que no llegan a ser una tontería.
Bien, aquí cambio por completo de tema. Fui a preguntar a un técnico: «¿Cuál fue el arma más poderosa de la Segunda Guerra Mundial?», y la respuesta que obtuve fue «el radar», algo un poco inesperado. Aunque a un lego como yo le resulta extraño que se diga que importa más un aparato de detección, que no es un arma directa, sino algo que permite saber dónde está el enemigo, dicen que precisamente por esa diferencia en el avance técnico…